El confinamiento en que vivimos. REFLEXIONES EN CAMPAÑA #35

El confinamiento en que vivimos
Por: José Francisco Peña Guaba

La llegada del SARS-Cov-2 o Covid 19 a nuestras vidas se ha convertido en incentivo para la realización acciones diversas, unas improvisadas, otras producto de la creatividad a la que damos rienda suelta. Lo cierto es que a cada quien se ocupa en algo, que en mi caso es escribir para lo cual sigo la máxima “a escribir se aprende escribiendo.”

El coronavirus está cambiando las formas y costumbres de los seres humanos. Nos deja muchas enseñanzas, comenzando porque cada día es un nuevo reto en el que debemos actuar con inteligencia y disciplina para evitar el contagio con tan peligroso virus. De hecho 3 persona cercanas a mi dieron positivo al Covid. La suerte es que siempre mantuve estricto distanciamiento físico y aun así, siempre equipado con mis armas de reglamento (mascarilla y lentes protectores). De lo contrario, si no lo hubiera hecho así, tal vez fuera ya parte de las estadísticas.

Se me dice que soy muy radical con ese tema, pero obeso, hipertenso y con casi 57 años soy un candidato de alto riesgo, por lo cual después de lo de mi amigo Luis Abinader, redoble la guardia imponiendo un riguroso con el protocolo sanitario a mis visitas, porque con el tiempo se relajan las medidas de control y entonces, ahí llegan los problemas.

Difícil que me dé, mas no imposible. Cada día hay más y más contagiados. Me parece que la gente le ha ido perdiendo el miedo y quiere hacer su vida “normal”. Incluso he visto a muchas personas resueltas a que le dé la enfermedad con el supuesto de inmunizarse, como dicen, para “salir de eso”. Respeto a los promotores de esa teoría pero, como veo las estadísticas, cualquiera puede estar en la del 4% y no en la del 96% y, por cabeza dura, firmar con “los angelinos”. Pareciera que, como somos los dominicanos de cherchosos, algunos se han creído que lo del coronavirus es un relajo y se les olvidan dos aspectos cruciales: uno, que todos los tratamientos son experimentales y dos, que todavía no existen vacunas disponibles.

Como todos los que estamos entrando a la juventud de la vejez vivimos “chivos” con el Covid. Nos tiene en alerta, en atención, ya hasta parecemos detectives chequeando y observando todo lo que pasa a nuestro alrededor para que “el enemigo” no nos tome desprevenidos. No queremos interactuar abiertamente con nadie. Ante la insistencia de alguien en vernos, primero nos preguntamos qué tan secreto es lo que va a comunicarnos que no lo puede decir por teléfono. Bueno, a fin de cuentas la verdad es que las ilegales escuchas telefónicas obligan a que nadie confíe en hablar por celular, no importando qué aplicación de seguridad hayamos bajado y estemos utilizando. Todos tememos que alguna conversación, tratando algún tema delicado, sea grabada por los varios que se dedican ilegalmente a esa práctica.

Lo peor es que nos acostumbramos a lo mal hecho con una facilidad que espanta. La sociedad hace mucho que debió plantar cara a esa “tradición” que se inmiscuye en la discreción de los ciudadanos. Nunca hemos hecho nada para merecer eso y, por lo menos los, políticos tenemos que hablar de manera presencial casi obligatoriamente, debido a la práctica de la intercepción a las llamadas, lo que incrementa el riesgo de ser contagiados por el virus.

En mi caso decidí que me digan el 90% por teléfono. A fin de cuentas yo no hablo de cosas ilegales, de modo que quien quiera oír de política que oiga, aquí todo se sabe y la indiscreción es parte consustancial de los genes de los habitantes de esta media isla.

Me informa mi hijo que unos amigos suyos en el equipo médico de quienes laboran en la lucha contra el COVID 19, les informaron que los únicos que están en cuarentena todavía son los ciudadanos de edad. A esa lista me sumo yo. Desde febrero he salido de mi casa 5 veces, 4 de ellas visitas médicas o para exámenes. ¡Ah, porque esa es la otra! Estamos aterrados de entrar a una clínica o un consultorio médico, convencidos de que los centros de salud son reservorios del coronavirus. Ese si es un problema, porque al afectarse la salud de una parte de la población aquí y en el mundo, tratando de no infectarnos descuidamos otras condiciones médicas y, al final, llegan más problemas. Aquí “si no es Juan, es Juana.”

Ya no leo con la misma intensidad inicial sobre el coronavirus. Sólo sé que en el mundo ya hay más de 8 millones de positivos diagnosticados y más de 450 mil fallecidos. De los asintomáticos no se sabe. Lo peor es que no se habla de que en esa lista de defunciones por la enfermedad hay, al parecer, cientos de dominicanos que han perdido la vida en el exterior. Mientras, aquí ninguna comisión oficial se está ocupando de monitorear eso, como si no fueran compatriotas. No solamente lo son sino que, además, es precisamente gracias a esa diáspora y a sus remesas que una parte importante de dominicanos resuelve sus problemas. Lo mínimo que se merecen es que se les preste la ayuda necesaria a sus deudos.

Las que están felices en medio de este Covid son las esposas, porque los hombres han puesto “pies en polvorosa” a las amantes o novias, pero no solo porque no las ven sino porque nadie quiere intimar poniendo su vida en riesgo. Hoy, la fidelidad es obligada. Si bien estaban sus anchas, ahora me imagino que la soltería femenina es casi total, porque con el tiempo del confinamiento se han soltado a la mayoría y solo se han salvado las que por afecto y tiempo en el servicio hay que considerarlas. ¡Aclaro que no es mi caso porque antes del coronavirus ya yo hacía tiempo me había retirado!

El COVID ha vuelto a todo el mundo tecnológico. Estamos aprendiendo a usar todos los equipos digitales y las más exigentes aplicaciones. Ahora sí, somos “digitales”, dependemos menos de nuestros hijos y nietos. No quedó de otra que dejar de ser “análogos” e inmiscuirnos en este mundo de la modernidad. Ahora desde cualquier paraje un compañero te llama y te dice algo como: “Tenemos una reunión por video llamada”, especialmente el popular “Zoom”.

Con todo, estamos que suspiramos por salir a pasear, ir a la playa, a un crucero, hacer un viaje a otro país pero… son todos momentos sueños porque no los podremos hacer realidad por un buen tiempo. Solo nos queda ver otros lugares y personas gracias a la magia del Internet, que nos transporta a otras latitudes de forma virtual.

El grave problema es que en medio de este confinamiento estamos aumentando de peso. Veo a mi esposa mirando programas especializados por televisión, de esos que se ven para hacer ejercicios, pero un día sí al otro no, porque la verdad que es aburrido hacerlos en soledad. Hasta caminar se le está haciendo difícil a la gente, porque uno no quiere que nadie se le pegue en medio de la caminata, ni que le pongan conversación, tanto por el miedo a ser contagiado como por el uso obligatorio de mascarillas, que molesta y mucho. Se ha llegado a decir, sin que tenga yo confirmación científica sobre eso, que el uso prolongado de la misma puede producir hipoxia.

Una secuela que sé que no está afectando a muchos es la del “ojo seco”, una afección ocular en parte producida por el uso prolongado de computadoras, celulares, iPads y laptops, porque ahora para todo somos dependientes de estos aparatos, sea para leer o para infórmanos, para hablar, para textear. La pandemia ha intensificado el uso de estos dispositivos.

Por si fuera poco, estamos atentos a una campaña cuya batalla se está efectuando en las redes sociales: acusaciones, contraacusaciones y denuncias, acompañadas del desahogo social de la población que opina según su interés. Lo que se observa es la falta de calidad de los temas y propuesta de la mayoría de los candidatos. En nuestra opinión solo Leonel demuestra dominio real y actualizado de los temas de nación, lo demás es invento. Yo pertenezco a la vieja escuela de políticos que solo se dejan guiar por aquellos que tienen condiciones excepcionales y que, bien formados, cada vez que hablan educan a su pueblo.

Los confinados a esta prisión domiciliaria estamos preocupados por los pésimos augurios de la economía mundial, en general, y de la dominicana en particular. Nos preocupa el aumento de la tasa del dólar, porque así cada día el peso vale menos. También es preocupante, y mucho, que con la excusa de esta pandemia el gobierno haya seguido su festival de empréstitos, hipotecando el presente y el futuro de la nación.

Nos quedamos asombrados sobre cómo una parte importante de la población no está guardando ni siquiera las reglas sanitarias mínimas de distanciamiento físico y social; de como las personas continúan sus vidas con una normalidad que espanta, porque eso comprueba la inconsciencia de una parte importante de nuestra ciudadanía. Con razón se dice que no se ven resultados tangibles de la inversión del 4% del PIB en educación, porque no se ha traducido en un mejoramiento de la capacidad comprensiva y formativa del dominicano. Esas profundas taras ancestrales que arrastramos, quedan en evidencia con tan irresponsable acción.

Lo que más nos atormenta a los confinados es que no se ve todavía una luz en el túnel: ni vacuna, ni tratamiento aprobado definitivo, pareciese que esto va pa’ largo, porque no obstante poner la comunidad científica su mejor empeño, lo cierto es que estamos perdiendo la carrera para obtener la cura a tiempo de este virus tan contagioso y mortal.

Mientras, nuestro entretenimiento será virtual, como ver series y películas, leer libros digitales u oír música.

Sabemos que el mundo está cambiando, que ahora están en jaque el capitalismo y la globalización, que todo se encuentra en fase de inestabilidad. Lo peor es que no solo aquí, a nivel mundial el COVID 19 está sacando lo peor de nuestros gobiernos, que aprovechando la administración de la crisis provocada por la pandemia se toman acciones de conveniencia político electoral para adocenar la población y, en el caso dominicano, para comprar la voluntad de los electores con programas asistencialistas realizados con dineros públicos.

Mientras, yo sigo escribiendo mis Reflexiones aprovechando este desahogo personal para decir lo que por mucho tiempo callé, pero que el Covid 19 me permite decir: esperamos que los científicos nos saquen de este encierro y ojala que en manos de estos políticos irresponsables no se pierda lo que nos queda de democracia. Lo único que nos falta para tener más mala suerte que “Casimiro” –personaje de nuestro siempre bien recordado Luisito Martí– es que estemos a la puerta de una crisis como en la del 1994, cuando estuvimos al tris de una guerra civil.

Dios ilumine las mentes calenturientas de quienes están llamados a traer paz y tranquilidad en medio de esta pandemia a nuestra población, pero que lo único que traen es mayor desazón. ¡Dios nos agarre confesados!
JFPG- Dan/Sfd

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