El Poder de la Firma
Por Jose Francisco Peña Guaba.

Me solicitó un buen amigo realizar una reflexión sobre el trato que reciben aquellos que logran escalar a una posición pública, la cual al conseguirla va aparejada con lo que llamaremos “el poder de la firma”, que no es más que la autoridad, el derecho o atribución que se le confiere a un ciudadano(a) autorizar múltiples cosas con solo estampar su nombre o firma en un documento, que van desde una acción de personal o nombramiento, una orden de compra, un permiso o de un pago por transferencia o cheque.

Casi siempre ese poder es otorgado por un decreto presidencial o por haber sido electo a un cargo o posición por mandato libérrimo de los electores, los cuales le dan un cheque al portador a los incumbentes para que por un periodo de 4 años manejen los recursos a su disposición con una discrecionalidad que auspicia casi siempre la sistémica y en algunos casos casi obligada corrupción.

Ese influjo mágico que produce tener la firma es algo similar a una borrachera momentánea, es un trance en él que la posee se siente diferente y por encima de los demás mortales, todo porque se sabe poseedor de la competencia para decidir cosas a favor o en contra de sus propios compatriotas.

Los que tienen el poder de la firma son seducidos de inmediato por los grupos de interés y los empleados de la institución al cual ha sido asignado y de los cercanos (familiares, amigos, compadres y los de su equipo político o social ) se convierten inmediatamente en la corte del príncipe y éstos salen a repartirse cuando llegan a modo de botín de guerra las posiciones de la institución que le ha sido encomendada, y con esa acción obligan a que los que han estado ahí pongan “pies en polvorosa” para que les dejen sus asientos disponibles a los que llegaron como comitiva o séquito del nuevo jefe.

A los que tienen el poder de la firma sus principales acólitos le arman la parafernalia propia del cargo, el mejor vehículo y si la institución no lo tiene, algún colaborador presta uno para que esté acorde a su nivel, con choferes y seguridad, que casi siempre están los militares de la más alta graduación que se ponen a disposición de inmediato, los cercanos toman las puertas de acceso y mandan a buscar a las empleadas que mejor se ven para ponerlas como “adornos”, porque las mujeres desprovistas de belleza no venden y se autodesignan asistentes los de más confianza para hacer entender a toda la empleomanía, usuarios y proveedores que a través de ellos es que se llega “al hombre” o “la jefa” en los casos en que sea una fémina la designada.

Al que tiene “la magia de la firma”se le recibe con algarabía, con pompa, y solo le falta ponerle la alfombra roja para instalarlo en la posición, ritual que dura varios días hasta que se acostumbre el nuevo incumbente y su equipo, que al tomar confianza se relaja un poco las altisonantes medidas de recepción.

A los que tienen la firma, les sonríe todo el mundo, los empleados que se quieren quedar, los compañeros que buscan ser nombrados, los vecinos que se muestran más afectuosos y todos los familiares que aparecen en procesión incluyendo hasta el primo quinto al cual no se le conocía.

Lo primero que se le informa a los decretados incumbentes es a quiénes de los funcionarios de carrera se les puede dar o no entrada al despacho, y nunca falta un cercano colaborador que en espontáneo atrevimiento hace una auditoría visual de las empleadas más voluptuosas para informar a modo de chiste pero, con verdad, cuáles califican para quedarse por sus grandes dotes y cualidades, porque las bonitas y bien torneadas siempre llevan ventajas, a éstas únicamente les va mal si la esposa celosa y autoritaria se impone para mantener al de la firma lejos de esas bellísimas tentaciones.

Todo el mundo quiere estar frío con el que firma, nadie se quiere calentar para que no se le ponga lejos “lo del moro”, por lo que se le celebra al instaurado jefe hasta los chistes más sonsos; la humildad no pega con el cargo de inmediato, exclama un arrojado amigo que busca que el designado se formalice en todos los aspectos de su nueva vida, en su forma de hablar, de recibir a los que buscan afanosas citas, de vestir y sobre todo de actuar porque “siempre hay que demostrar quién es él que manda”.

A los altos funcionarios lo que los daña son los cercanos que comienzan desde antes que salga el decreto a lavarle el cerebro y explicarle al de la firma que las cosas a partir de su designación no pueden ser igual que antes “porque a su entender con el cargo viene un manual del nuevo comportamiento”.

A los que tienen la firma se les convoca a que pierdan el sentido de la realidad por varias razones:1- le cambian el nombre y solo se le pude decir Director, Ministro o Jefe, porque aunque sean como hermanos no se le puede volver a tutear, porque eso es una falta de respeto;2-aunque antes se le viera a diario ahora hay que pedirle cita; 3- no se le puede dar mucho tiempo a una conversación amena porque siempre está ocupada la agenda pero, lo que más produce mareo al dueño de la firma es el taconeo de un militar de alta graduación que le indica en correcta posición que a sus órdenes se encuentra.

Los ciudadanos afortunados con estar en ese círculo de privilegiados, todo el mundo lo busca, todos quieren ser amigos y son muchos los que le desean conocer, y de igual manera no hay moza que no caiga rendida ante la presencia de uno de éstos, todo porque el más excitante afrodisiaco: es el poder.

Las limitaciones propias de los ciudadanos comunes no le son aplicables a los que tienen el poder de firma, porque con los miembros de ese excepcional club nadie razonable inventa, comenzando con el hecho de que para éstos no existe el toque de queda.

Aunque hay que admitir que el presidente Abinader se la ha puesto un poco más difícil, y existe cierto temor a cometer excesos, las medidas autoritarias terminan relajándose, simple, porque entre bomberos no se pisan la manguera.

Un reconocido psicólogo y terapista clínico español, Carlos Alberto Segura, establece que la posición de autoridad, mando y de gobernabilidad es privilegiada, va revestida de cierto halo o aureola que encanta a quiénes encuentra a su paso, sobre todo si son del sexo opuesto.

La explicación es que ese poderoso representa o encarna un poder, lo cual significa poder hacer, decidir, cumplir deseos. Esa persona empoderada, se vuelve atractiva porque tiene capacidad para dirigir, dar órdenes, hacer su voluntad. Es casi un semidiós.

Sin embargo, hoy los que tienen la firma, son los más monitoreados por las redes sociales, lo que más provocan envidia de los frustrados ciudadanos, porque ellos han logrado llegar y ellos no, son hoy los incumbentes de los cargos, los mayores causantes de la profunda desafección política que están reflejando las encuestas, la lejanía entre el electorado y el poder, que va creando una antipatía creciente frente a los Gobiernos, partidos y dirigentes políticos.

El peso del mando es una responsabilidad que va más allá del nombramiento mismo, porque dirigir hoy debe hacerse con mucha racionalidad porque la población aunque sabe que los altos funcionarios viven en una realidad muy diferente a los demás integrantes del pueblo, la gente no está dispuesto a aceptar abusos, el precio del poder hoy es el de también perder la tranquilidad y el prestigio porque los críticos de oficio los mantienen expectantes y a la espera de que un francotirador de honras en cualquier desliz le destruya su moral y su cómoda vida.

Es por ello que es fundamental que el liderazgo político, el funcionarato público tenga como libro de consulta “El fin del poder” del conocido economista y analista internacional, Moisés Naim,que los ayudará a entender lo que expresará el intelectual inglés, Thomas Hobbes, uno de los filósofos políticos más connotados hace más de 4 siglos, que expresan: “pero al ser el poder un asunto que trata sobre instrumentos, mecanismos y estrategias para modificar, impedir o influir en la conducta de otros siempre despertará sensibilidades. Aquel incesante y perpetuo afán del hombre por el poder que solo cesa con la muerte”.

Sostiene Moisés Naim que el mundo de los poderosos sean políticos o empresarios, sean países, o medios de comunicación, sean ejércitos, sindicatos o partidos políticos, ya no es ni será lo que el algún momento fue, y es que el poder sea como se manifieste, ya sea como instrumento, violencia, influencia, capacidad, sea visible o invisible, sea omnipresente o escurridizo, el poder se está degradando, transformando o debilitando, o al menos lo que se percibía hasta el momento como poder.

El dominicano acostumbrado a vivir en dictaduras y en gobiernos autoritarios ha construido una forma especial de sobrevivir, para ello se dedican a crearle una madeja de contradicciones de personalidad a los que tienen el poder, los adulan, los ensalzan, los endiosan y después que logran desnaturalizar su comportamiento a efecto posterior de la pérdida del poder, esos mismos que los moldearon, los destruyen.

Incauto es aquel que cree hoy que el poder es real, más bien es un sueño, que tiene término y el que no lo reconoce puede despertarse con pesadillas, y el que lo dude lo que aquí le expresó a modo de consejo, solo tiene que verse en el hasta hace poco poder de los funcionarios peledeístas, que hoy están asustados, en su mayoría rezan para no ser llamados por el PEPCA a rendir cuentas; para no ser enviados de vacaciones por un tiempo a Najayo.

Al final los que tienen la firma deben cuidarse, porque es en el mismo poder que hoy disfrutan están sus peores tormentos, hemos de aprender los que estamos en el oficio de la política, que los alabarderos solo estarán mientras tengas el cargo, los amigos de ocasión desaparecerán cuando ya no tengas la firma, los empleados te valorarán solo como lo trataste cuando tuviste la posición, los grupos de interés y suplidores no te harán un favor jamás, los militares no te harán el saludo y hay que cuidarse de que en el futuro sean ellos mismos con quien te envíen a la cárcel, y de las mujeres que llegan como amantes del poder se esfumarán de inmediato cuando ya no puedan obtener de ti lo que recibían, porque su vínculo es económico y no de reales sentimientos.

Los amigos y la familia te acompañarán solo si no cambiaste, y si en cierto modo le serviste, los compañeros de partido te apreciarán si le abriste las puertas y no se la cerraste como hace la mayoría de los altos funcionarios, unos lo hacen porque no le tienen respuestas, otros porque no desean ahora -a su pensar- ser molestados por los insaciables dirigentes.

Aquella imagen del poder omnímodo se está desmembrando por el surgimiento de micropoderes que dieron pasos según Moisés Naim a lo llama las tres revoluciones: el más, la movilidad y la mentalidad.

El que más tiene que ver con las mejoras cualitativas de la vida de las personas, más educación, alimentación, derechos, sanidad, acceso a la información lo que nos hace ser seres humanos mejores dotados para la irreverencia y con capacidad para escapar del poder dominante.

La movilidad ha sido determinante porque el efecto migratorio hace que millones de personas se muden a otros países y desde ahí tengan una mejor vida, mejor estabilidad económica, más libertad y mejor comprensión de sus derechos.

La mentalidad porque la gente conoce más sus derechos, porque es menos costoso educarse por los medios tecnológicos a su alcance, ya no existe el respeto automático de antes por la autoridad, ni existen los mismos criterios permanentes de fidelidad, cada día la gente se aleja de los dogmas y la mentalidad abierta a los cambios, los hace más propensos a cambiar de preferencias.

Por estas razones, en el contexto de hoy los que tienen poder están obligados a no despegar sus pies de la corteza de la tierra y con realismo actuar con suprema mesura, reconociendo que el lambonismo como el tumbapolvismo es una institución en nuestro país. Tal y como expresa Naim: “la gradual fragmentación de la concentración del poder es lo que vendría a determinar el nuevo rasgo distintivo del poder en el siglo XXI: el poder es más fácil de conseguir, más difícil de ejercer pero, sobre todo es más fácil de perder”.

Sfd/Dan

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