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Conocí a Marcos Soriano el año pasado, en España, por insistencia de mi hija: “Papá, tienes que conocerlo; es otro tú”. Tenía razón. La conexión fue inmediata, de corazón a corazón. Desde entonces no hemos dejado de saludarnos con afecto, y los escritos del Padre Joaquín Núñez se han vuelto un puente para seguir encontrándonos en las mismas convicciones.

Marcos me habló poco de sí y mucho de su manera de servir. Me contó que su impulso nació de un ejemplo familiar: su primo hermano Enrique Granero, misionero claretiano, de grato recuerdo en Puerto Plata, donde yace. Aquella huella lo marcó. Decidió implicarse en la vida de los demás, siempre en forma gratuita y desinteresada. Su esposa suele decirlo con una sonrisa cuando le preguntan si pertenece a tal o cual asociación: “Si no tiene retribución, entonces sí, seguro que está”.

Con los jóvenes comenzó en 1975. Desde entonces suma cincuenta años acompañando, orientando, sembrando valores y esperanza. Su método es sencillo y constante: un encuentro semanal de una hora, con temas que él prepara —y otras veces preparan ellos— para hablar de lo que realmente importa en sus vidas. Basaba muchas de sus reflexiones en la definición del amor de San Pablo a los Corintios. También usaba canciones que animan a ir contracorriente, a ser uno mismo y a no dejarse manipular: piezas del Verbum Dei, temas de José Luis Perales, letras que se interiorizan más que se recitan.

No se queda en el discurso: ha llevado a sus grupos a celebraciones en la iglesia, a visitar un convento de monjas dominicas, a compartir con residentes de un hogar de ancianos. La fe se vuelve servicio y la palabra, gesto. Por eso, cuando Marcos mira atrás, encuentra algo que lo sostiene: gente de todas las edades que recuerda “aquella etapa” con él y le hace saber que lo aprecia. Y él los aprecia también.

Este texto no pretende enumerar cargos o medallas. Quiero dejar constancia de lo que su vida me provoca: una esperanza concreta. Marcos me recuerda que la dignidad humana no es un eslogan: es una práctica diaria; que la ética no es teoría: es disciplina; que la grandeza auténtica no busca reflectores: se reconoce en los rostros de quienes fueron respetados.

Pienso en su medio siglo de siembra —en su terruño, en España y, ¿por qué no?, para el mundo— y me digo que hay personas que no necesitan alzar la voz para cambiar las cosas. Marcos Soriano es una de ellas: camina con propósito, conversa donde otros gritan y tiende puentes donde otros levantan muros. Gracias, Marcos, por recordarnos que servir sigue siendo el camino.

“En un mundo que grita, Marcos Soriano conversa; donde otros levantan muros, él tiende puentes.

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