Comentario al Evangelio del Domingo XXVI del ciclo C, San Lucas, 16,19-31,

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Por Joaquin Núñez
Este pasaje del rico Epulón y el pobre Lázaro solo lo trae san Lucas y sin embargo es comentado por los Padres de los primeros siglos, desde Beda, el Venerable, a San Gregorio Magno, san Ambrosio, maestro de San Agustín; lo cual, nos demuestra la realidad de un pecado en una comunidad que ha dicho sí a Cristo.

Los Santos Padres son concordes en que Epulón no se pierde por sus riquezas, ni Lázaro se salva por su pobreza. La riqueza de Epulón solo le sirve para aumentar su orgullo y desprecio hacia Lázaro, su falta de solidaridad y de misericordia.

El intento de San Lucas es erradicar de su comunidad lo que hoy perdura en nuestras comunidades; el cristianismo no es un culto de alabanza a Dios como lo era el cumplimiento de la Ley mosaica, en este evangelio, claramente referido a judíos, no tenemos ninguna referencia ni a Dios ni a Jesús ni a cielos ni a infiernos, es una clara condena a los judaizantes de ayer y de hoy. Hacer de la vida cristiana un rito vacío de toda identidad con Cristo.

Los Santos Padres, prefiero hoy traer a san Ambrosio, nos han dejado un poso que ha configurado nuestras homilías. Me ha parecido bien porque el, gobernador de Milán, siendo un seglar, dominaba la doctrina antes de ser aclamado obispo, un seglar conocedor de su fe, comprometido con ella, un hombre de vasta cultura y funcionario del Imperio, que dominaba el mensaje de Jesús, siendo maestro de san Agustín, a quien bautizo; otro funcionario del emperador en cuyo nombre hablaba con su gran elocuencia.

Decía Ambrosio: “lo que sigue da a conocer la insolencia y la vanidad de los ricos por señales evidentes”. Dice pues, “Y ninguno se la daba. Y de tal modo se olvidan de la condición humana, que, como si fueran de una naturaleza superior, encuentran en las miserias de los pobres un incentivo a su voluptuosidad y se burlan del indigente, insultan al necesitado y despojan a aquellos de quienes se debe tener compasión”. Son palabras muy duras que el Santo predica en su catedral de Milán.

Nosotros no seremos tan duros, pero vemos la indignación de un santo Obispo ante una realidad de quien separa lo religioso y lo vital, de quien cumple lo mandado por la Iglesia, en lo que se refiere al culto y olvida la vida de la Iglesia, que es la Caridad en todos sus aspectos. Pobre es todo aquel que necesita algo que nosotros tenemos y él necesita. Pobre no solo es los Lazaros que nos rodean.

“Padre Abraham ten piedad de mi”, clama Epulón en el hades (lugar del inframundo, mal poner infierno). Ten piedad de mí…, hijo recuerda que recibiste bienes… y Lázaro males… por eso encuentra aquí consuelo… y tú padeces. Epulón hace un ruego: avisar a sus hermanos; “Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen”. Y ahora el gran argumento usado por tantos cristianos y que evidencia su judaísmo: un milagro, la resurrección de un muerto. Nosotros, cristianos, sólo tenemos una Resurrección: la de nuestro Salvador, y así y todo, no creen.

Lo más importante, para nosotros hoy, es dejar claro que en una comunidad cristiana todos somos iguales en la alabanza, en el catequizar, en aprender y en enseñar, en el dar y el recibir y, sobre todo, en él amarnos unos a otros creyendo en el gran milagro, la Resurrección de Jesús. Una comunidad que no judaíce, que no justifique su fe en pertenecer a una parroquia en su aspecto litúrgico, sino en su caridad.

Feliz domingo a todos/as, que el Señor nos bendiga y nos aleje de todo orgullo, por lo que tenemos o ambicionamos, y aprendamos a compartir con quien nos necesita. Que la Virgen del Buen Consejo nos dé su buen saber para dar respuesta a quien busca y no halla.
El Prior de la Sangre.

JNSFD22092025

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