Por: Dr. Darío Nin Basado en una anécdota compartida por Marcos Soriano Sembrando Fe, Patria y Conciencia
La fe suele expresarse de muchas maneras: unos levantan templos, otros alzan oraciones… y algunos, entre sonrisa y verdad, levantan una reflexión que desarma dogmas. Así ocurrió con un sacerdote claretiano en Xàtiva, España, cuyo sentido del humor y claridad teológica dejaron una lección que aún resuena entre quienes le conocieron.
Su nombre era Ignacio Bandrés, licenciado en Ciencias y Biología, profesor de un colegio claretiano y hombre de convicciones firmes. En una ocasión, mientras se encontraba en la iglesia del colegio dedicada a San Agustín, se le acercó una señora muy devota —presidenta de la cofradía de Santa Rita de Casia—. Con entusiasmo, comenzó a hablarle al padre de las virtudes de la santa, exaltando sus milagros y bondades, y afirmando que no había intercesora más poderosa.
El padre Bandrés escuchó pacientemente, pero con la serenidad del que discierne entre devoción y exageración, le respondió con una frase tan breve como desconcertante:
“Señora, yo solo creo en Dios… y en el bicarbonato.”
La mujer, ofendida, se retiró molesta, incapaz de comprender la ironía de aquella respuesta. Pero en realidad, el sacerdote no se burlaba de su fe, sino del exceso de devoción que a veces desplaza al mismo Dios. Más tarde explicó que estaba cansado de ver cómo muchos creyentes colocan a los santos por encima del Creador, transformando la intercesión en idolatría, y la fe en superstición.
Esta anécdota encierra un mensaje profundo: no podemos sustituir a Dios por sus símbolos, ni convertir la fe en una colección de objetos, estampas o promesas sin vida. El problema no está en amar o venerar, sino en olvidar el centro: que Dios es el origen y destino de toda fe, y que los santos, lejos de eclipsarlo, nos lo señalan.
Como dice Marcos Soriano, quien compartió esta historia:“No nos damos cuenta de que a Dios y a los santos hay que buscarlos entre las personas.”
Y cuánta verdad hay en ello. Dios se manifiesta en la bondad de quien perdona, en la solidaridad del que comparte, en la compasión del que escucha. No está solo en los altares, sino en las calles, en los rostros, en los gestos sencillos que transforman la vida.
A veces, creemos más en la estampita que en el Evangelio, más en la promesa que en la práctica, más en la devoción que en el amor. Pero la verdadera fe no necesita adornos; se demuestra en el servicio, la justicia y la misericordia.
“Solo creo en Dios y en el bicarbonato”, decía el padre Bandrés, recordándonos —con humor y sabiduría— que la fe sana no infla ídolos, sino corazones humildes.
Que esta historia nos devuelva al centro: Dios sobre todo, en todos, y entre todos. Y que ningún santo, por muy milagroso que parezca, sustituya al amor real hacia el prójimo.
Dr. Darío Nin Sembrando Patria, Sembrando Conciencia. ¡Únetele