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Por: Dr. Darío Nin
Sin Fronteras Digital – Fe, conciencia y palabra viva.

En el Primer Libro de los Reyes, Adonías se aferra a los cuernos del altar buscando salvar su vida.
Era símbolo de refugio, pero su corazón permanecía sin arrepentimiento.
Aquel acto, más que de fe, fue de miedo.
El altar antiguo podía detener la espada, pero no podía transformar el alma.

Salomón le dijo: “Si es hombre de bien, vivirá.”
Era un llamado al cambio interior.
Sin embargo, Adonías volvió a caer, demostrando que el altar sin conversión no garantiza redención.

Esa escena apunta proféticamente a algo más grande:
el altar del Antiguo Pacto anunciaba la Cruz del Nuevo Pacto.
Donde antes se ofrecían animales,
ahora se ofreció el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).

Los cuernos del altar representaban fuerza y misericordia.
Cristo en la cruz representa gracia y verdad.
Los brazos extendidos del Hijo de Dios son los nuevos cuernos del altar,
donde el hombre puede asirse y hallar perdón, no por sacrificios, sino por fe.

Adonías se salvó un día, pero perdió la vida después.
El que cree en Cristo, se salva para siempre.

Porque la cruz no fue un refugio temporal, sino un sacrificio eterno.
En ella se cumple el anhelo de todo altar:
la reconciliación entre Dios y el hombre.

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