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En audio
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Por Dario Nin
Fuimos muerte…
En ella vivimos…
en la eternidad,
cuando solo éramos propósito de Dios.
Cuando allí estuve,
supe que conocí a alguien…
a quien no recuerdo que conocí.
Lo sé…
porque al recordarme Joaquín,
la frase que brotó de sus labios
ya estaba escrita en mi memoria,
ya era parte de mi acción.
Cada palabra pronunciada
estaba en mi corazón…
la practico cada día
cuando hablo con María Asunción,
madre de mi amada esposa,
y madre mía, por extensión.
Que, al igual que la de San Agustín,
vive…
en la otra habitación
Para quienes conocen la historia que cuento,
o que debo contar,
traigo en transcripción
lo que Joaquín y Marcos,
este último como puente,
hicieron llegar hasta mí.
No es más que el sentimiento de Agustín,
atravesando el umbral del tiempo,
y la distancia ancestral.
“La muerte no es nada.
Yo solo me he ido a la habitación de al lado.
Yo soy yo.
Tú eres tú.
Lo que éramos el uno para el otro,
lo seguimos siendo.”
“Llámame por el nombre de siempre,
háblame como antes,
sin solemnidad ni tristeza.
Sigue riéndote de lo que nos hacía reír.
Pronuncia mi nombre sin sombra.
La vida…
es lo que siempre ha sido.”
“El hilo no está cortado.
¿Por qué estaría yo fuera de tu mente
solo porque estoy fuera de tu vida?”
“Te espero…
No estoy lejos,
solo del otro lado del camino.
Ves, todo va bien.”
“Volverás a encontrar mi corazón.
Volverás a encontrar mi ternura acentuada.
Enjuaga tus lágrimas,
y no llores…
si me amas.”
Hoy dice el Creador,
dice el Señor:
“Dios enjugará las lágrimas de los ojos de ellos,
y ya no habrá muerte,
ni llanto,
ni lamento,
ni dolor.”
Porque las primeras cosas
habrán dejado de existir.
Cuando la muerte muere…
la vida se extiende por la eternidad.
