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Por Darío Nin
Hay hombres que no pertenecen solo a su tiempo,
ni a su tierra.
Son de todos los pueblos,
y de todas las épocas.
Mahatma Gandhi y Nelson Mandela
son de esa estirpe:
espíritus que aprendieron a transformar
el sufrimiento en sabiduría,
la injusticia en fuerza,
y la lucha… en servicio.
Gandhi nació entre los murmullos del Ganges
y las sombras del imperio británico.
Con su cuerpo frágil y su voluntad inquebrantable,
enseñó al mundo que la resistencia no necesita armas;
que la fuerza de la verdad puede derrumbar
los muros más duros.
Hizo de la no violencia un idioma universal,
y nos recordó que el enemigo no está fuera,
sino dentro:
en el odio, el miedo y la indiferencia.
Mandela, en cambio,
conoció las rejas del mundo moderno.
Pasó veintisiete años en prisión
y salió sin rencor.
Su victoria no fue solo política:
fue moral y espiritual.
Enseñó que el perdón no borra la memoria,
pero libera el alma.
Que un pueblo puede reconstruirse
cuando la justicia camina de la mano del amor.
Mandela demostró que la dignidad humana
puede resistir el cautiverio…
y aún así florecer en libertad.
Ambos entendieron que la verdadera revolución
es la del espíritu.
Que la libertad no se conquista con el puño,
sino con la conciencia.
Que la paz no se firma… se siembra.
Hoy, cuando la humanidad parece distraída
entre pantallas y promesas vacías,
sus voces resuenan como un eco
que nos llama a mirar dentro.
Nos recuerdan que la grandeza
no consiste en dominar, sino en servir;
no en poseer, sino en compartir.
Gandhi nos enseñó a vencer sin dañar.
Mandela nos enseñó a perdonar sin olvidar.
Ambos nos enseñaron
que el amor es la más poderosa forma de justicia.
Que el camino hacia la libertad
no pasa por la venganza, sino por el corazón.
Y yo me atrevo a conjugarlo en el sentir de Cristo:
“Vine para servir, no para ser servido.
Quien quiera ser el primero,
que empiece por ser siervo de los demás.”
Y el mandato eterno…
amarnos unos a otros.
Nos volveremos a ver en el camino.
Hasta la próxima.
Que Dios nos continúe bendiciendo.


