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Por: René Narváez Lozada
“La Voz de México”

La marcha convocada por jóvenes del llamado Movimiento Generación Z el pasado 15 de noviembre dejó mucho más que imágenes de inconformidad.
Dejó preguntas profundas sobre la actuación del Estado, sobre el respeto a la protesta pacífica y, sobre todo, sobre la memoria colectiva de un país que ya vivió episodios similares en 1968 y 1971.

Quienes estuvimos allí, acompañando desde la responsabilidad ciudadana, pudimos observar dos realidades opuestas: por un lado, miles de jóvenes marchando con sus familias, de forma ordenada, con banderas, consignas sociales y demandas legítimas; por otro lado, la presencia de grupos violentos, encapuchados y claramente organizados, cuya actuación resultó decisiva para detonar los enfrentamientos posteriores.

1. De la protesta al caos: ¿qué ocurrió realmente?

La marcha avanzó pacíficamente por Reforma y llegó al Zócalo por una única entrada habilitada en el muro metálico instalado por el propio gobierno.
Fue allí donde comenzaron los incidentes: grupos radicales, ajenos a los manifestantes, se enfrentaron con la policía y alteraron el ambiente que hasta ese momento había sido familiar y ordenado.

Numerosos videos y testimonios ciudadanos muestran que los primeros actos de agresión provinieron de estos grupos encapuchados, algunos identificados como colectivos anarquistas o vinculados históricamente a movilizaciones estudiantiles de corte violento.
Su intervención generó confusión, tensión y, finalmente, una respuesta policial indiscriminada.

2. La actuación policial: un retroceso preocupante

Es entendible que los cuerpos de seguridad se protejan ante agresiones directas.
Pero lo sucedido esa tarde exhibió un patrón que preocupa:
la fuerza pública respondió sin distinguir entre agresores y manifestantes pacíficos, golpeando incluso a personas que simplemente pretendían avanzar hacia la plaza.

Las imágenes de familias, adultos mayores y jóvenes siendo empujados o agredidos, evocan episodios que creíamos superados.
No se trata de repetir viejas heridas, sino de recordar que la represión nunca ha resuelto conflictos en México; solo los ha agravado.

Por ello, más allá de investigaciones internas, muchos consideran indispensable que las autoridades revisen responsabilidades de alto nivel y envíen un mensaje claro de que la fuerza pública no puede usarse para desalentar la protesta legítima.

3. La brecha entre discurso y realidad

La presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado en múltiples ocasiones que proviene de una tradición de lucha social, con una familia marcada por el espíritu del 68.
Esa historia genera expectativas: la expectativa de que un gobierno así respalde el derecho a la protesta, que defienda la libertad de expresión y que rechace cualquier forma de represión.

Sin embargo, los hechos recientes han dejado dudas en amplios sectores de la población.
La incongruencia entre el discurso histórico y la respuesta gubernamental ante esta primera gran manifestación del nuevo sexenio ha generado preocupación y desilusión en muchos ciudadanos.

4. La memoria del 68 no es una metáfora: es un límite moral

Para los que crecimos entre relatos familiares de 1968 y 1970, lo del 15 de noviembre revivió recuerdos que jamás debieron repetirse.
La presencia de grupos organizados actuando como provocadores, el uso excesivo de la fuerza y la criminalización inmediata de jóvenes que protestaban pacíficamente… son señales que deben atenderse con seriedad.

No se trata de comparar gobiernos, sino de asegurar que México no retroceda a prácticas que hirieron profundamente a generaciones enteras.

5. Un llamado sereno, pero firme

No es momento para negar lo evidente ni para minimizar lo ocurrido.
El país necesita serenidad, diálogo y responsabilidad institucional.

Es fundamental que:

  • Se investigue quién ordenó el operativo.

  • Se identifique a los grupos violentos infiltrados.

  • Se proteja a los manifestantes pacíficos.

  • Se evite que la protesta social vuelva a ser criminalizada.

México ha demostrado que puede avanzar.
No permitamos retrocesos que nublen ese camino.
Lo que vimos no debe repetirse y debe ser atendido con transparencia.

Yo estuve ahí.
Vi.
Escuché.
Y doy testimonio.
Porque el silencio, en momentos así, también sería una forma de violencia.

RNL SFD20112025 Ed. dania

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