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Por Dario Nin

El sol del veintidós ( 22) de diciembre de mil ochocientos cincuenta y cinco (1855) amaneció pesado sobre la tierra dominicana. No era un día cualquiera. Era un día en que la independencia, conquistada once años antes, volvía a ser puesta a prueba.
Desde Haití avanzaban columnas armadas con un mismo propósito: hacer retroceder la historia, borrar la libertad y someter de nuevo a un pueblo que ya había aprendido a llamarse nación.

En el sur profundo, en la sabana de Santomé, miles de soldados haitianos cruzaban el polvo con la certeza del número. Creían que la fuerza bastaba. Creían que la República Dominicana era frágil. No sabían que la libertad, cuando se defiende, pesa más que cualquier ejército.

Allí los esperaban menos hombres, pero más decisión. Al frente, José María Cabral. No levantó la voz para prometer gloria. Levantó la mirada para recordarles a los suyos que esa tierra no era prestada, que cada paso atrás sería una cadena y que cada paso adelante era patria.
Cuando sonaron los primeros disparos, la sabana se volvió historia. El enemigo avanzó, cayó, volvió a avanzar… y volvió a caer. Santomé no cedió. La línea dominicana resistió. Y cuando el humo se disipó, la invasión estaba rota, y la independencia seguía en pie.

Ese mismo día, más al sur, cerca de las aguas y los caminos de Cambronal, otro grupo dominicano enfrentaba su propio destino.
Eran menos. Mucho menos. Pero no estaban solos. Los acompañaba la convicción de que la libertad no se mide en cantidades. Los comandaba Francisco Sosa, venezolano de nacimiento, dominicano por elección y por sangre derramada.

En Cambronal no hubo dudas. Hubo choque. Hubo valor. Hubo coraje. Las fuerzas haitianas, confiadas, no esperaban resistencia. La encontraron. Y la pagaron cara. Allí también el invasor cayó y retrocedió. Allí también la República se sostuvo con dignidad.

Ese veintidós (22) de diciembre, en dos puntos distintos del sur dominicano, el país habló el mismo idioma: resistencia. Santomé y Cambronal no fueron solo batallas. Fueron una respuesta clara al mundo: la independencia dominicana no era un accidente, era una decisión. Y estaba dispuesta a defenderse cuantas veces hiciera falta

 

 

 

 

Narración épica de palabra hablada, fondo orquestal latino cinematográfico, desarrollo lento, percusión dramática, voz grave, masculina, cálida, profunda tono emotivo y heroico, narrativa histórica, patriótica, reflexiva, música minimalista, ideal para conmemoraciones históricas.
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