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¿Se está derrumbando el orden internacional?
Por Darío Nin (*)
“Orden internacional”. Así llamamos (a veces con demasiada solemnidad) al conjunto de reglas, instituciones y acuerdos que, al menos en teoría, buscan evitar que el mundo caiga otra vez en el abismo de una guerra total.
Durante décadas, ese orden estuvo estructurado alrededor de la ONU y, en gran medida, bajo la influencia de Estados Unidos y sus aliados. Pero los acontecimientos recientes obligan a preguntarnos con honestidad: ¿estamos viendo el final de ese sistema?
Las guerras en Ucrania y en Gaza, los ataques cruzados en Medio Oriente, las operaciones militares selectivas sin juicio previo y las acciones unilaterales de grandes potencias parecen confirmar algo inquietante: cada vez más Estados poderosos actúan primero y justifican después.
Rusia invade a Ucrania y desafía abiertamente los principios básicos de soberanía. Israel desoye resoluciones y cuestionamientos internacionales. Estados Unidos ordena ataques “preventivos” y bombardea objetivos que considera amenazas sin pasar por tribunales ni por mandatos claros. Todo ello ocurre mientras la ONU mira, discute, denuncia… pero no logra detener la dinámica.
La tentación es concluir que el sistema ha fracasado y que estamos ante su derrumbe definitivo. Sin embargo, la realidad es más compleja. La ONU nunca fue un gobierno mundial omnipotente. Fue y es, un espacio de negociación, vigilancia y contención. Está diseñada, desde su origen, con un límite profundo: el poder de veto de cinco potencias que pueden bloquear decisiones cuando sus intereses están en juego. Por eso, cuando una de esas potencias es parte del conflicto, la parálisis es casi inevitable.
Aun así, abolir la ONU no resolvería nada. Significaría, renunciar a los mecanismos —imperfectos, lentos, a veces frustrantes— que permiten coordinar ayuda humanitaria, investigar crímenes, aprobar sanciones, mediar treguas y mantener, aunque sea precariamente, un marco común. Los países pequeños y medianos dependen de ese entramado para no quedar totalmente a merced de los más fuertes.
Lo que sí es evidente es, que estamos entrando en una fase de transición peligrosa. Estados Unidos ya no es incuestionable, nuevas potencias reclaman espacio, y los conflictos locales se globalizan en cuestión de días.
En ese escenario, el impulso hacia la unilateralidad o sea, hacer lo que se quiere sin pedir permiso, parece más fuerte que la voluntad de respetar reglas compartidas. Y cuando las reglas se debilitan, el mundo se vuelve más impredecible y más violento.
¿Desaparecerán la ONU o la OEA? Es poco probable, no descartable absolutamente. Lo más verosímil es que sigan existiendo, pero bajo presión, cuestionadas, obligadas a reformarse o condenadas a perder relevancia frente a coaliciones ad hoc, y alianzas circunstanciales.
La lucha no es entre “instituciones” y “realidad”, sino entre dos visiones del mundo: una basada (con todos sus defectos) en normas, y otra basada en la ley del más fuerte.
La conclusión, entonces, no es que el orden internacional esté muriendo, sino que está siendo disputado. Y esa disputa se libra hoy en campos de batalla, en despachos diplomáticos y en la opinión pública. El riesgo es. que se permita que la impaciencia y la desconfianza lo destruyan por completo antes de haber intentado reformarlo.
Porque, por imperfecto que sea, un mundo sin reglas no sería más libre. Sería, simplemente, más peligroso.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.!!!,
(*) El autor es Abogado Especialista en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario (DDHH y DIH)
DANSDEPSDRD 05012026 (Dania)
