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Mi visión del mundo para los próximos años

Capitalismo sin freno democrático

Por Darío Nin

Vivimos un momento de quiebre histórico. No se trata solo de cambios políticos coyunturales, ni de liderazgos particulares. Estamos asistiendo al cierre de un ciclo: el de la democracia liberal tal como la conocimos durante gran parte del siglo XX y comienzos del XXI.

Durante décadas se nos dijo —y muchos lo creímos— que el desarrollo económico, la democracia representativa y las libertades públicas caminaban juntas de manera natural. Hoy, esa ecuación comienza a resquebrajarse. El mundo que emerge parece decirnos otra cosa: el capitalismo puede sobrevivir, e incluso fortalecerse, sin necesidad de amplias libertades democráticas.

Estados Unidos, epicentro histórico del modelo liberal, parece encaminarse hacia una fórmula híbrida. No es comunismo, ni socialismo, ni economía planificada. Es capitalismo puro, protegido y expansivo, pero cada vez menos condicionado por los frenos democráticos tradicionales. La propiedad privada se garantiza, el capital se protege, el Estado se fortalece como gerente estratégico, mientras las libertades comienzan a verse como obstáculos y no como pilares.

China mostró al mundo que se puede crecer sin democracia. Rusia confirmó que el orden puede imponerse sobre el derecho. Y Estados Unidos parece explorar una vía propia: preservar el capitalismo reduciendo los contrapesos institucionales que históricamente lo limitaron. No se elimina la democracia de forma abierta; se la vacía, se la condiciona, se la subordina a la seguridad y al interés nacional.

A este panorama se suma un elemento decisivo: la revolución tecnológica. La inteligencia artificial, la robótica y la automatización están transformando la economía de manera radical. Por primera vez en la historia, el capital comienza a independizarse de la fuerza de trabajo humana. Máquinas que asfaltan calles, tiendas sin empleados, algoritmos que deciden, producen y optimizan. El trabajo humano deja de ser central.

Cuando el sistema ya no necesita al trabajador, también deja de necesitar su voto, su opinión o su bienestar. La democracia, que surgió en gran medida para equilibrar la relación entre capital y trabajo, pierde uno de sus fundamentos esenciales. Y entonces aparece una tensión inquietante: no entre izquierda y derecha, sino entre capital y humanidad.

En este contexto, muchos países —especialmente los más débiles, los del llamado Tercer Mundo— enfrentan un dilema trágico. Resistir las imposiciones de las grandes potencias tiene un costo altísimo: sanciones, asfixia económica, intervención directa o indirecta. Ceder implica conservar una soberanía apenas formal, mientras las decisiones reales se toman fuera de sus fronteras. Estados independientes en el papel, pero subordinados en la práctica.

No estamos ante el fin de la historia, pero sí ante el fin de muchas certezas. El derecho internacional ya no frena a los poderosos; solo los costos y los equilibrios lo hacen. La democracia deja de ser un valor universal y pasa a ser una variable negociable. El progreso tecnológico avanza, pero corre el riesgo de hacerlo a costa de la dignidad humana.

El gran desafío de los próximos años será evitar que este capitalismo sin freno democrático convierta a millones de personas en prescindibles. Porque cuando el capital ya no necesita al ser humano, la pregunta deja de ser económica y pasa a ser moral, política y existencial.

Nos volveremos a ver en el camino.
Hasta la próxima.
Que Dios nos continúe bendiciendo.

Darío Nín

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