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Por Darío Nin

Reflexiones sobre poder, subsistencia y organización social en el mundo que viene.

Vivimos una transición silenciosa. No se anuncia con golpes de Estado ni con la supresión inmediata de elecciones, sino con algo más eficaz: el vaciamiento progresivo de la democracia. Desde las grandes potencias, particularmente desde Estados Unidos, comienza a modelarse un sistema donde el capitalismo se protege de todo control democrático real.

En este esquema, el Ejecutivo se fortalece hasta volverse prácticamente inamovible por decisión popular efectiva. El Congreso subsiste como figura representativa, pero subordinada en los hechos. Los partidos políticos independientes pierden incidencia real y, con el tiempo, desaparecen como opción transformadora. La democracia permanece, pero como ritual, no como poder.

Para sostener este modelo, las libertades clave (expresión y asociación) se restringen gradualmente. No se prohíben de golpe; se condicionan. Se toleran mientras no cuestionen la estructura del poder económico. El Estado, lejos de arbitrar, pasa a funcionar como administrador directo de los intereses de una oligarquía capitalista.

El resultado es un nuevo orden social: a las mayorías se les garantiza subsistencia (alimento, vivienda básica, ciertos servicios) no como derechos, sino como mecanismos de control y pacificación. Gran parte de la población desciende a un modo de supervivencia económica y social. La primera generación reclama; la siguiente es educada para aceptar lo impuesto como normal.

La tecnología acelera este proceso. La inteligencia artificial y la robótica reducen la necesidad del trabajo humano. Cuando el capital deja de necesitar al ser humano para reproducirse, también deja de necesitar su voz. La dignidad humana se vuelve una variable secundaria frente al afán de acumulación. El pueblo pierde el voto  o lo mantiene muy condicionado y aún más vano. (sin peso real de decisión)

Frente a esta realidad, la confrontación directa parece condenada al fracaso. Pero existe una alternativa histórica y viable: el fortalecimiento de las cooperativas. No como utopía, sino como estrategia. Espacios económicos donde los precios se regulan en beneficio de los asociados, donde la vida se organiza con lógica solidaria, y donde la subsistencia digna no depende del humor del gran capital.

No se trata de destruir el sistema, sino de crear dimensiones paralelas de vida que reduzcan la exclusión y eviten el estallido social. En un mundo de capitalismo sin control democrático, las cooperativas pueden convertirse en el último refugio organizado de la dignidad humana.

Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima que Dios nos continúe bendiciendo.

DANSFDSDEPSDRD12012026 (Dania)

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