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Nelson Mandela: la perseverancia como acto de fe
Por Dario Nin
Hace un par de años tuve la oportunidad de visitar la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Entre pasillos cargados de historia y símbolos universales, me encontré frente a una imagen que detiene el paso y obliga al silencio interior: el rostro sereno y firme de Nelson Mandela. Allí, imponente, como un faro moral, como una presencia que no juzga pero interpela.
Decidí tomarme una fotografía frente a esa imagen, no por vanidad ni por turismo, sino para dejar constancia de un momento que trasciende lo personal. Estar allí, con Mandela a mis espaldas —o yo a las suyas— era, simbólicamente, cobijarme bajo la sombra de uno de los ejemplos más grandes de perseverancia y coherencia ética que ha conocido la humanidad.
Nelson Mandela no fue un hombre improvisado por la historia. Fue un hombre forjado por la convicción. Pasó veintisiete años en prisión, privado de libertad, de su familia, de su juventud. Sin embargo, jamás fue prisionero de la desesperanza. Nunca negoció sus principios. Nunca permitió que el odio ocupara el lugar de la justicia. Mientras su cuerpo estaba encerrado, su espíritu seguía libre y su proyecto intacto.
Mandela creyó en Sudáfrica cuando hacerlo parecía una quimera. Creyó en la reconciliación cuando muchos apostaban por la venganza. Creyó en la dignidad humana incluso cuando el sistema del apartheid intentaba negarla por ley. Y creyó, sobre todo, que la perseverancia no es esperar pasivamente, sino resistir activamente sin renunciar a los valores.
Su salida de la cárcel no fue el final del camino, sino la confirmación de que la paciencia sostenida por la ética da frutos. Llegó a ser presidente no por revancha, sino por coherencia histórica. Contribuyó de manera decisiva a desmontar el apartheid y dejó al mundo una lección que sigue vigente: se puede vencer sin humillar, se puede gobernar sin odiar, se puede transformar sin traicionarse.
Hoy Nelson Mandela es un ícono universal. No porque haya sido perfecto, sino porque fue fiel. Fiel a su sueño, a su pueblo y a su conciencia.
Esta reflexión es un llamado, especialmente para quienes sienten que vienen de lugares pequeños, remotos o invisibles. Mandela nos recuerda que no es el tamaño del lugar lo que define el impacto, sino la firmeza del propósito. Que sí se puede hacer la diferencia. Que los proyectos justos, aunque tarden, llegan. Y que la perseverancia, cuando se cree de verdad, termina escribiendo su propia historia.
Nos volveremos a ver en el camino.
Hasta la próxima.
Que Dios nos continúe bendiciendo.
DANSFDSDEPSDRD15012026 (Dania)
