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Por: Darío Nín
A propósito de la propuesta del ministro del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (Mescyt), Rafael Evaristo Santos Badía, quien sugiere que doctores en Educación Superior se integren al nivel preuniversitario, surge una pregunta más profunda que la discusión sobre escalafones, salarios o espacios laborales:
¿Es la titulación el problema central de la calidad educativa dominicana?
Porque si revisamos nuestra historia reciente, veremos una evolución constante en los grados académicos del magisterio: del maestro con el sexto curso en su formación , al de octavo, del octavo, al bachiller, del bachiller en servicio, al maestro normal; del maestro normal, al licenciado; del licenciado, al especialista; de este a la maestria y de ahí, al doctorado.
Y entonces la pregunta inevitable es: ¿Ha sido proporcional esa acumulación de títulos con una mejora sostenida y significativa en los resultados educativos? No basta con responder desde estadísticas frías. Hay que mirar la realidad social, la comprensión lectora, la capacidad crítica, la creatividad, la ética ciudadana y la productividad con sentido humano.
Porque el problema no parece estar en la cantidad de diplomas colgados en la pared.
El problema está en otra parte.
El fin olvidado. La cuestión esencial es esta: ¿Cuál es el fin de la educación?
Si no respondemos con claridad esa pregunta, cualquier reforma será superficial. La educación no es acumulación de contenidos. No es certificación de competencias técnicas aisladas. No es simple movilidad social individual.
La educación, en su sentido más profundo, tiene una misión liberadora: Formar hombres y mujeres libres.
Libres para pensar. Libres para crear. Libres para producir. Libres para elegir el bien.
Pero, también formar personas que entiendan que su realización personal no está desconectada del bien común. Que el conocimiento no es solo para ascender individualmente, sino para aportar al desarrollo colectivo.
Si la currícula no responde a ese fin, podemos tener doctores impartiendo clases en cualquier nivel… y aun así no transformar el sistema.
La verdadera discusión debe centrarse en el diseño y la ejecución curricular. ¿Estamos formando para la repetición o para la creación?¿Para memorizar o para comprender?
¿Para competir o para colaborar? ¿Para buscar éxito individual o para construir desarrollo compartido?
El problema no es el grado académico del docente. El problema es la visión antropológica y social que sostiene el sistema. Sin claridad en los fines, los medios se distorsionan.
Hoy enfrentamos otro desafío que desnuda nuestras debilidades estructurales: la Inteligencia Artificial. Una IA bien entrenada puede ofrecer en casa muchos de los contenidos que la universidad certifica. De hecho, gran parte de los materiales académicos circulan digitalmente y son accesibles con un clic.
Entonces la pregunta se vuelve aún más urgente: Si la información está disponible, ¿qué valor diferencial aporta la educación formal? La respuesta no puede ser “más contenido”.
Tiene que ser más sentido.
La escuela y la universidad deben formar criterio, ética, pensamiento crítico, capacidad de discernimiento y responsabilidad social. Eso no lo sustituye ningún algoritmo.
La tecnología puede informar, pero solo una educación con propósito puede formar.
¿Hemos avanzado? Sería injusto negar avances. Los hay, pero la pregunta no es si hemos mejorado en términos administrativos o estructurales. La pregunta es, si hemos logrado una mejora sostenida en la calidad humana y social de nuestros egresados.¿Estamos formando ciudadanos más conscientes?¿Más solidarios? ¿Más innovadores?
¿Más comprometidos con el país?
Si la respuesta es ambigua, entonces el debate debe cambiar de dirección. Aquí es donde cobra sentido la propuesta de una educación trípodeica: Sentir: educar la sensibilidad humana, la empatía, la conciencia social. Pensar: desarrollar pensamiento crítico, creatividad, capacidad de análisis. Actuar: transformar lo aprendido en acción productiva y solidaria. Cuando estos tres pilares se integran, el título deja de ser el centro y pasa a ser un instrumento.
El foco no es el grado académico, el foco es el propósito formativo. Formar para la libertad y la felicidad compartida.
El verdadero fin de la educación es formar personas capaces de ser felices consigo mismas y útiles a los demás. Una educación que no produce libertad interior, creatividad productiva y compromiso social, podrá otorgar diplomas… pero no transformará la nación.
Concentremos el debate donde realmente importa: En los fines. En la misión.
En la visión de ser humano que queremos formar; porque cuando el fin es claro, los medios se ordenan. Y cuando el propósito es alto, la calidad deja de ser un discurso y se convierte en consecuencia.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. ¡¡Que Dios nos continúe bendiciendo!!!!
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