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Jenny Matos

Tomé el teléfono muchas veces y muchas veces colgué.
Las palabras se me quedaban atrapadas en la garganta, como pájaros que no encuentran salida. No sabía cómo decirte esto.

Escribí una carta para contarte que tenía cáncer de seno. La escribí con manos temblorosas, como quien abre una puerta hacia el miedo. Pero luego hice algo extraño, algo que solo una hija que ama profundamente puede entender: me comí el papel.

Sí, madre… me comí mis palabras.

Lo hice por amor a ti.

Tú, Violeta, mi madre, siempre has estado presente en cada prueba grande que la vida me ha puesto delante. Has sido sombra en el calor, abrigo en el invierno, oración en mis noches largas. Pero esta vez eres tú quien está frágil. Tu salud ya no es la misma y tus preocupaciones se acumulan como nubes sobre tus años.

No puedo añadir más peso a tu cielo.

Por eso me comí mis palabras.

Tanto así, que a veces he dejado de llamarte. No porque no te piense, sino porque tú conoces mis ojos. Si no lees la carta, leerías mi mirada. Y mis ojos aún no han aprendido a mentirte.

Me comí mis palabras y pasaron como pan duro por mi garganta seca. Cada sílaba raspó el silencio, cada verdad quedó atrapada entre mi pecho y mi fe.

Perderé los senos, madre, pero no quiero perderte a ti por una mala noticia.

Callar esto no es mentirte; es proteger tu paz por un momento. Es esperar el día en que todo haya pasado y pueda contártelo no como tragedia, sino como testimonio: la historia de cómo el poder y la misericordia del Señor caminaron conmigo en este valle.

Madre mía, me comí mis palabras una por una para no preocuparte.
Me comí mis ganas de decirte que tu hija está librando una batalla rosa, con el pecho herido y el alma de pie.

Me comí el papel donde escribí mi diagnóstico, la tinta amarga, el temblor de mis manos.

Me las comí porque te amo.
Porque tu descanso vale más que mi miedo de madrugada.
Porque tu sonrisa sigue siendo mi refugio.

Y aunque callé, madre mía, aunque mastiqué silencios en la soledad de mis noches, sigo siendo tu hija valiente, floreciendo incluso en la herida, caminando en una decisión que se debate entre la muerte y la vida.

Me las comí todas.

Ese fue, quizás, el desayuno más amargo de mi vida.

Pero era medicina para ti: no saber ahora lo que me está pasando a mí.

Y al comerme estas palabras, madre, he comprendido algo hermoso:

Te estoy imitando.

Porque así aman las madres.
Guardándose dolores en el pecho para que los hijos puedan dormir en paz

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