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Por Súlgida Nin
Periodista dominicana residente en Madrid

Durante muchos años, las mujeres han tenido que abrirse paso en espacios históricamente dominados por hombres. La política, el ámbito empresarial, el liderazgo social e incluso los escenarios académicos han sido terrenos donde muchas han debido luchar no solo contra las desigualdades estructurales, sino también contra prejuicios, exclusiones y silencios impuestos por la cultura.

Sin embargo, cada vez que una mujer logra llegar a una posición de liderazgo, nace también una gran responsabilidad: extender la mano a otras mujeres para que también puedan avanzar. Ahí entra en escena un concepto poderoso y necesario: la sororidad.
La sororidad no significa pensar igual ni pertenecer al mismo partido político o corriente ideológica. Tampoco implica ignorar las diferencias. La sororidad es reconocer en la otra mujer a una compañera de lucha, a alguien que también enfrenta barreras y desafíos similares. Es entender que el éxito individual tiene mayor valor cuando se convierte en oportunidad colectiva.

En la política, por ejemplo, muchas mujeres han logrado destacar por su preparación, capacidad y firmeza. Pero todavía son pocas las que ocupan posiciones de decisión en comparación con los hombres. Por eso resulta vital que aquellas que han alcanzado espacios de poder impulsen mecanismos de apoyo para nuevas generaciones femeninas: mentorías, acompañamiento, formación y oportunidades reales de participación.

Lo mismo ocurre en el ámbito empresarial y social. Una empresaria que apoya a jóvenes emprendedoras, una líder comunitaria que impulsa a otras mujeres de su sector o una funcionaria pública que crea condiciones más justas para sus pares está construyendo un legado mucho más profundo que el éxito personal. Está sembrando transformación social.
Muchas veces, las adversidades que enfrentan las mujeres no son visibles.

Hay madres solteras que estudian y trabajan al mismo tiempo, jóvenes talentosas que no encuentran quién crea en ellas, profesionales preparadas que son desplazadas por estereotipos o limitaciones culturales. Frente a estas realidades, la sororidad se convierte en una herramienta de dignidad y esperanza.

La historia demuestra que las sociedades avanzan más rápido cuando las mujeres tienen oportunidades. Pero también enseña que el crecimiento femenino se fortalece cuando existe apoyo mutuo en lugar de competencia destructiva.

El verdadero liderazgo no consiste únicamente en llegar lejos, sino en ayudar a otros a caminar. Y cuando una mujer ayuda a otra mujer a vencer obstáculos, a descubrir su potencial y a conquistar espacios, está contribuyendo a construir una sociedad más humana, más justa y más equilibrada.

Hoy más que nunca, el mundo necesita mujeres brillando, pero también mujeres acompañando, inspirando y levantando a otras mujeres.
Porque cuando una mujer avanza sola, avanza ella. Pero cuando avanza junto a otras, avanza toda la sociedad.

SANSFD09052026

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