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Por Darío Nin
Durante mucho tiempo se ha discutido si un creyente cristiano debe o no involucrarse en la política. Para algunos, la política representa corrupción, ambición y luchas de poder incompatibles con la fe. Para otros, constituye una oportunidad de servicio y transformación social. La pregunta sigue vigente: ¿participar en política es servir o pecar?
La realidad demuestra que el problema no es la política en sí misma, sino el uso que muchos hacen de ella. La política, correctamente entendida, es una herramienta para organizar la sociedad, promover justicia y procurar bienestar colectivo. Cuando se practica con honestidad y principios, puede convertirse en una de las formas más elevadas de servicio humano.
La Biblia recoge múltiples referencias sobre la relación entre los creyentes y las autoridades. Se exhorta a orar por los gobernantes, respetar el orden y procurar el bienestar del pueblo. También aparecen hombres y mujeres que ejercieron funciones públicas con sentido de responsabilidad y temor de Dios. Eso evidencia que la participación en asuntos públicos no es automáticamente condenable.
Sin embargo, el creyente debe cuidarse de convertir la política en idolatría. Ningún partido, líder o ideología puede colocarse por encima de la conciencia, de la dignidad humana ni de los valores esenciales del evangelio. Cuando la ambición desplaza el servicio, cuando la mentira sustituye la verdad o cuando el odio se convierte en herramienta de conquista, la política deja de ser misión para transformarse en degradación moral.
Jesús no fundó un partido político, pero habló constantemente de justicia, misericordia, solidaridad y defensa de los más vulnerables. Sus enseñanzas tuvieron un profundo impacto social. Por eso resulta difícil pensar en un cristianismo indiferente frente al hambre, la pobreza, la exclusión o la corrupción que afectan a millones de personas.
El creyente no está llamado únicamente a observar la realidad desde la distancia. También puede ser constructor de soluciones, promotor de esperanza y defensor de principios éticos dentro de la vida pública. La clave está en participar sin perder la esencia, servir sin vender la conciencia y actuar sin abandonar los valores.
La sociedad necesita hombres y mujeres de fe capaces de demostrar que la política no tiene que ser sinónimo de corrupción. Necesita ciudadanos que entiendan el poder como responsabilidad y no como privilegio. Personas que recuerden que gobernar debe significar servir.
Al final, la gran pregunta no es si el cristiano puede participar en política, sino desde qué espíritu lo hace. Porque cuando la participación nace del egoísmo, destruye; pero cuando nace del amor al prójimo y del compromiso con la justicia, puede convertirse en auténtico servicio.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.
Darío Nin
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