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Por Dario Nin

La historia de los pueblos no solo se construye con los grandes acontecimientos, sino también con la memoria de los hombres y mujeres que los hicieron posibles. Sin embargo, el paso del tiempo suele ser injusto con muchos de ellos. Algunos permanecen vivos en el recuerdo colectivo; otros, aunque dieron todo por la Patria, han quedado relegados a las páginas menos consultadas de la historia. Uno de esos dominicanos es el general Eusebio Manzueta, un hombre cuya vida fue una permanente expresión de valentía, honor y amor por la soberanía nacional.

Nacido en Yamasá en 1823, descendiente de una distinguida familia establecida allí desde la época colonial, abrazó desde muy joven la causa de la Independencia Nacional. Combatió en las guerras contra Haití y, por sus méritos militares, alcanzó el grado de coronel bajo las órdenes del general Pedro Santana.

Como muchos hombres de su época, respaldó inicialmente la Anexión a España de 1861, movido por la lealtad y la palabra empeñada a quien había sido su comandante. Pero cuando comprendió que aquella decisión comprometía la soberanía de la República Dominicana, tuvo el valor de rectificar. Colocó el destino de la nación por encima de cualquier compromiso personal.

Al iniciarse la Guerra Restauradora, el 16 de agosto de 1863, Eusebio Manzueta levantó la bandera restauradora desde el Cantón de Yamasá, convirtiéndose en el primer jefe militar de aquella jurisdicción en incorporarse al movimiento iniciado en Capotillo. Su decisión sorprendió a las autoridades españolas, que conocían perfectamente su prestigio, su influencia y su capacidad militar.

Intentaron hacerlo desistir. Le ofrecieron indultos, privilegios políticos y beneficios económicos para que abandonara la causa restauradora. Su respuesta fue firme e inquebrantable. Rechazó todas las ofertas y prefirió correr la suerte de los hombres libres antes que vivir bajo el amparo de una causa que consideraba contraria a la dignidad nacional.

Resulta significativo que incluso oficiales españoles, poco inclinados a reconocer méritos en sus adversarios, dejaran constancia escrita de su honestidad, su valentía y la autoridad moral que ejercía sobre sus hombres. Ramón González Tablas, oficial del ejército español, reconoció que Manzueta rechazó con serenidad todas las propuestas que buscaban comprar su lealtad.

Durante la Guerra Restauradora dirigió importantes operaciones militares que impidieron el avance de las tropas españolas por la Cordillera Central. Combatió junto a destacados restauradores como Gregorio Luperón y Marcos Evangelista Adón, defendiendo palmo a palmo el territorio nacional y contribuyendo decisivamente a debilitar el dominio colonial.

En noviembre de 1864 informó al Gobierno Restaurador sobre la recuperación de importantes posiciones y la retirada de las tropas españolas, describiendo con orgullo el avance de los combatientes dominicanos y el abandono de pertrechos por parte del enemigo.

Ese mismo año fue designado Jefe Supremo de la región Este. Desde allí consolidó la presencia restauradora en esa parte del país y marchó posteriormente hacia Santo Domingo. Al concluir la guerra, en julio de 1865, entró victorioso a la ciudad junto al general José María Cabral, encabezando a aquellos guerreros harapientos pero invencibles que devolvieron la libertad y la dignidad a la República Dominicana.

Diversas investigaciones históricas también sostienen que ejerció de manera provisional la Presidencia de la República durante algunos días en 1865, en uno de los períodos más complejos de la transición política posterior a la Guerra Restauradora.

Pero la lucha por la soberanía aún no había terminado.

Cuando el presidente Buenaventura Báez impulsó el proyecto de anexar la República Dominicana a los Estados Unidos, Eusebio Manzueta volvió a levantarse en defensa de la independencia nacional. Durante cinco años fue perseguido por las fuerzas gubernamentales.

Finalmente fue traicionado por una persona de su confianza. Capturado junto a su hermano Leandro y su hijo Celedonio, fue condenado a muerte.

El 12 de noviembre de 1873 fue fusilado por órdenes del gobierno de Buenaventura Báez.

Murió como había vivido: defendiendo sus principios y colocando el honor por encima de la conveniencia.

Hoy su nombre apenas identifica algunas calles en Yamasá y en el sector Villa Consuelo, en Santo Domingo. Aunque en 1972 un decreto presidencial dispuso el traslado de sus restos al Panteón Nacional, ese reconocimiento aún permanece pendiente.

La República Dominicana tiene una deuda con Eusebio Manzueta. Recordarlo no significa únicamente rendir homenaje a un brillante estratega militar; significa reconocer a un ciudadano que supo rectificar cuando entendió que la Patria estaba por encima de cualquier compromiso personal, que rechazó el soborno cuando pudo haber escogido el camino fácil y que entregó su vida defendiendo la soberanía nacional.

Quizá haya llegado el momento de que las nuevas generaciones conozcan su historia y comprendan que los pueblos no solo honran a sus héroes levantando monumentos, sino también manteniendo viva su memoria.

Porque un pueblo que olvida a quienes lucharon por su libertad corre el riesgo de olvidar también el valor de la propia libertad.

Darío Nín

Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.

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