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Por Joaquin Núñez
El fragmento que hoy nos propone San Mateo es uno de los más hermosos, Jesús nos llama a ser como él, mansos y humildes para descubrir, desde esa condición, quien es Él y quien es el Padre, la esencia, el centro del Evangelio.
No es por medio de los méritos adquiridos por cumplir la Ley, sería judaizar y la Iglesia nos ha enseñado muchas veces esa doctrina, no por dominar la ciencia teológica, no por el saber toda la filosofía que concluye con la existencia de Dios. Todo eso lo tenía San Agustín y no vio al Dios imaginado, sólo cuando aquella tarde en Milán, siguiendo las enseñanzas de San Ambrosio, llorando y humillado sintió a Dios, no fuera, sino dentro de sí, ”tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tu estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba”.
Era sabio y entendido, a quien Jesús no se revelaba. Agustín se encontró con Jesús cuando leyó “Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón”, y se quebró.
Hoy nos diría “yo no me convertí por miedo al infierno. Me convertí porque descubrí que Dios tenía sed de mí. Que siendo Dios, se hizo pequeño para que yo pequeño, pudiera tocarlo. El yugo es suave porque es su Corazón.
Este ejemplo de san Agustín nos puede servir para cada uno de nosotros. En contra tenemos a aquellos que enseñan cómo ganar el Cielo a base de méritos, un nuevo jansenismo, que tantas veces, con distintos nombres, han aparecido en la Iglesia.
No podemos sacudirnos el judaizar, muchas personas niegan la fe por ese Dios juez, castigador de malos, ese Dios responsable y causa del mal en el mundo, de las desgracias. Nuestra pastoral no puede ir por ahí; a esta enorme mies tan confundida y empeñada en la imagen equivocada que el Papa León XIV con su estilo tan cercano da, de un Dios que nos ama.
Que hermosa es la oración que Jesús dirige al Padre al que podemos llegar sabiendo que los sencillos de corazón, “mansos y humildes”, son sus preferidos. Y la oferta que nos hace Jesús ahora, el verbo está en presente, “venid” los obreros que estáis en la mies, él os aliviara.
No dudemos, todos los días, tener presente ese saber y vivir la frase más hermosa del evangelio y tenerla como jaculatoria: “Señor hazme manso y humilde de corazón” para poder verte.
Feliz Domingo, san Agustín vio a Dios dentro de sí, donde el Señor lo esperaba, cuando se dio cuenta que ni su sabiduría ni su fama le sirvieron de nada, solo cuando fue humilde y se sintió pequeño, Dios le mostró su rostro. Si queremos verlo nosotros, que la Madre del Buen Consejo nos dé su mano.
El Prior de la Sangre.
