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Por Darío Nin
Hay hombres que engendran hijos…
y hay hombres que forman generaciones.
La diferencia no está solamente en la sangre.
Está en el corazón.
Ser padre es mucho más que transmitir un apellido, llevar alimento a la casa o pagar las cuentas del hogar. Todo eso es importante, pero la paternidad alcanza una dimensión mucho más profunda.
Ser padre es convertirse, consciente o inconscientemente, en una referencia para la vida de otra persona.
Un hijo aprende a mirar el mundo observando a su padre.
Aprende lo que significa amar por la manera en que su padre ama.
Aprende a respetar por la manera en que su padre trata a los demás.
Aprende a enfrentar las dificultades viendo cómo su padre reacciona cuando llegan los problemas.
Y muchas veces aprende su primera idea de Dios contemplando la conducta del hombre que tiene más cerca.
Por eso la paternidad no es un título.
Es una misión.
Vivimos en una sociedad que suele medir el valor de los hombres por el dinero que poseen, la posición que ocupan, los bienes que acumulan o el reconocimiento que reciben.
Sin embargo, cuando Dios decidió enviar a su Hijo al mundo, no buscó a un hombre famoso.
No escogió a un rey.
No llamó a un poderoso.
No procuró el palacio más seguro ni la familia más influyente.
Buscó un corazón.
Y encontró a José.
La Biblia no registra grandes discursos pronunciados por él. No se conserva una sola palabra suya. No aparece realizando milagros ni ocupando lugares de protagonismo.
José fue un hombre silencioso.
Pero su silencio no fue ausencia.
Fue presencia obediente.
Fue protección.
Fue trabajo.
Fue fidelidad.
Fue responsabilidad.
Cuando recibió instrucciones de Dios, obedeció.
Cuando tuvo que proteger al Niño, se levantó.
Cuando el peligro amenazó a su familia, no esperó a que otros resolvieran el problema.
Tomó a María y al pequeño Jesús y caminó hacia lo desconocido, sostenido únicamente por la fe.
José no necesitó comprenderlo todo para hacer lo correcto.
Y tal vez esa sea una de las mayores lecciones que puede recibir un padre.
Porque ningún hombre llega a la paternidad con todas las respuestas.
Nadie sabe exactamente cómo reaccionará ante cada enfermedad, cada temor, cada dificultad económica, cada etapa de crecimiento o cada decisión de sus hijos.
Los padres también sienten miedo.
También se cansan.
También se equivocan.
También necesitan aprender.
Por eso nuestros hijos no necesitan padres perfectos.
Necesitan padres presentes.
Padres capaces de escuchar.
Padres que sepan abrazar.
Padres que puedan corregir sin humillar.
Padres que tengan la valentía de reconocer sus errores.
Padres que no teman decir: “Perdóname”.
Padres que comprendan que su tiempo vale más que muchos regalos.
Padres que recuerden que proveer no consiste solamente en llevar dinero al hogar, sino también en llevar seguridad, afecto, orientación, esperanza y fe.
Muchos hombres trabajan incansablemente para que nada material falte en sus casas, pero algunas veces, sin advertirlo, terminan faltando ellos.
Hay hijos que tienen zapatos nuevos, pero no tienen con quién conversar.
Hay hijos que poseen teléfonos modernos, pero esperan una llamada de su padre.
Hay hijos rodeados de comodidades, pero necesitados de una palabra de aprobación.
Hay hogares donde no falta alimento, pero hace tiempo que falta un abrazo.
Y hay padres que aman profundamente a sus hijos, pero nunca aprendieron a expresar ese amor. Este mensaje también es para ellos.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. ¡¡¡Que Dios Nos continue bendiciendo!!!
