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Por Darío Nin

Nunca es demasiado tarde para acercarse.

Nunca es demasiado tarde para escuchar.

Nunca es demasiado tarde para decir: “Te amo”.

Nunca es demasiado tarde para reparar una distancia.

Nunca es demasiado tarde para comenzar a ser el padre que tus hijos necesitan.

Quizá tus hijos ya sean adultos.

Quizá hoy también sean padres o madres.

Pero todavía necesitan saber que cuentan contigo.

Todavía pueden recibir una palabra que sane.

Todavía pueden escuchar una disculpa que esperaron durante años.

Todavía pueden sentir que su padre los mira con amor y orgullo.

José nos recuerda que la grandeza de un padre no siempre se encuentra en lo que dice.

Muchas veces se encuentra en lo que hace cada día, cuando nadie lo observa.

En levantarse temprano.

En cumplir su palabra.

En permanecer junto a su familia durante la dificultad.

En proteger sin controlar.

En dirigir sin imponer.

En servir sin reclamar reconocimiento.

En amar sin llevar una contabilidad de lo entregado.

Quizá el mundo nunca conozca tu sacrificio.

Tal vez nadie publique la historia de tus esfuerzos.

Es posible que muchas de tus renuncias permanezcan ocultas.

Pero tus hijos recordarán cómo los hiciste sentir.

Recordarán si estuviste presente en sus momentos importantes.

Recordarán si encontraron en ti refugio o temor.

Recordarán si tus palabras los levantaron o los hicieron sentirse pequeños.

Recordarán si tu vida confirmó los valores que tratabas de enseñarles.

Porque un padre predica todos los días, aun cuando no pronuncie un sermón.

Predica con su conducta.

Predica con sus prioridades.

Predica con la manera en que trata a su esposa.

Predica con la forma en que enfrenta la adversidad.

Predica con lo que hace cuando cree que nadie lo está mirando.

José tampoco pronunció un sermón registrado en las Escrituras.

Pero el Salvador del mundo creció bajo su techo.

Jesús vio sus manos trabajadas.

Observó su responsabilidad.

Conoció su obediencia.

Recibió su protección.

Y aprendió, dentro de aquel hogar sencillo, el valor humano del trabajo, la familia y el cumplimiento del deber.

Dios pudo escoger a cualquier hombre de Israel para confiarle el cuidado de su Hijo.

Escogió a José.

Esa decisión continúa siendo una de las lecciones más profundas sobre la verdadera paternidad.

Hoy la pregunta no es solamente por qué Dios escogió a José.

La pregunta es:

¿Qué encuentra Dios cuando mira mi vida como padre?

¿Encuentra un hombre dispuesto a escuchar?

¿Encuentra un corazón humilde?

¿Encuentra a alguien capaz de colocar a su familia por encima de su ego?

¿Encuentra un padre que protege, orienta y acompaña?

¿Encuentra a un hombre dispuesto a obedecer, incluso cuando el camino resulte difícil?

Ser padre no consiste en tener todas las respuestas.

Consiste en decidir que no abandonarás la responsabilidad.

Consiste en comprender que tus hijos no son una posesión, sino una confianza.

No te pertenecen para que vivan tus sueños.

Te fueron confiados para que puedas ayudarlos a descubrir los suyos.

No fueron puestos bajo tu cuidado para repetir exactamente tu historia.

Fueron puestos a tu lado para que los acompañes mientras construyen la propia.

Un padre verdadero no forma copias de sí mismo.

Forma personas capaces de caminar con identidad, dignidad, responsabilidad y fe.

Tal vez hayas cometido errores.

Todos los padres los cometen.

Pero el pasado no tiene que convertirse en una sentencia.

También puede convertirse en una enseñanza.

Un padre comienza a restaurar su hogar cuando deja de justificarse y empieza a acercarse.

Cuando escucha antes de defenderse.

Cuando reconoce el dolor que pudo haber causado.

Cuando cambia el orgullo por humildad.

Cuando comprende que pedir perdón no disminuye su autoridad, sino que engrandece su humanidad.

Todavía hay hijos esperando una conversación.

Todavía hay familias esperando reconciliación.

Todavía hay esposas esperando un compañero que no solamente viva en la casa, sino que participe verdaderamente del hogar.

Todavía hay generaciones enteras esperando hombres que comprendan el valor de su presencia.

Y todavía hay un Dios que continúa buscando padres fieles para confiarles lo que más ama.

Si eres padre, nunca olvides que alguien está aprendiendo a vivir observando la manera en que tú vives.

Puede que no seas famoso.

Puede que nunca recibas un reconocimiento público.

Puede que tu nombre no aparezca en los libros de historia.

Pero si tus hijos aprendieron a amar porque fueron amados por ti…

si aprendieron a respetar porque te vieron respetar…

si aprendieron a levantarse porque te observaron hacerlo…

si aprendieron a buscar a Dios porque primero pudieron verlo reflejado en tu caminar…

entonces habrás realizado una obra que ninguna riqueza puede comprar.

José no fue escogido porque fuera perfecto.

Fue escogido porque estuvo dispuesto.

Tal vez eso sea lo que Dios espera hoy de nosotros.

No perfección.

Disposición.

No fama.

Fidelidad.

No grandes discursos.

Una vida coherente.

No hombres extraordinarios ante los ojos del mundo.

Hombres confiables ante los ojos de Dios.

Después de esta reflexión, te invito a escuchar la alabanza que acompaña este mensaje.

No la escuches como una canción más.

Escúchala como padre.

Escúchala como hijo.

Escúchala como esposo.

Escúchala como un hombre al que Dios todavía puede transformar.

Y mientras suenan sus palabras, permite que una pregunta permanezca en tu corazón:

Si Dios buscara hoy un hombre para confiarle lo que más ama…

¿podría contar conmigo?

A continuación:

El Padre que Dios Escogió

A José le confió su Hijo

Letra y audio.

Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. ¡Que Dios nos continúe bendiciendo!

Dr. Darío Nin

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