Por Dario Nin
No fuiste puesto para alumbrarte a ti mismo
Hay palabras de la Biblia que leemos como si estuvieran hablando solamente de otros.
De profetas.
De apóstoles.
De hombres y mujeres extraordinarios que vivieron hace siglos.
Pero algunas de esas palabras atraviesan el tiempo, llegan hasta nosotros y nos obligan a preguntarnos:
¿Y si también están hablando de mí?
En Hechos 13 encontramos a Pablo y Bernabé anunciando el Evangelio en Antioquía de Pisidia. Frente a ellos había dos reacciones completamente diferentes: unos escuchaban con hambre; otros rechazaban aquello que escuchaban.
Entonces Pablo y Bernabé pronunciaron unas palabras extraordinarias:
“Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra.”
Hechos 13:47.
Detente un instante:
“Te he puesto para luz…”
No dice simplemente: te he permitido ver la luz.
Dice: te he puesto para ser luz.
Y ahí comienza nuestra reflexión.
Hace más de dos años escribí sobre lo que llamé “personas de luz”. Pensaba entonces en esas personas cuya presencia transforma ambientes, aclara situaciones confusas, transmite paz, orienta, acompaña y ayuda a otros a encontrar un camino.
Hoy vuelvo sobre aquella idea, pero comprendo algo más profundo:
Para el creyente, ser luz no es solamente una cualidad hermosa.
Es una misión.
Jesús ya lo había dicho:
“Vosotros sois la luz del mundo.”
Mateo 5:14.
No dijo que intentáramos parecernos a la luz.
Dijo que somos luz.
Pero ¿para qué sirve una luz?
La luz no existe para iluminarse a sí misma.
Una lámpara no necesita de su propia claridad. Su razón de estar encendida es permitir que otros puedan ver.
Por eso una persona de luz no puede vivir exclusivamente para sí.
Sirve.
Escucha.
Orienta.
Perdona.
Enseña.
Defiende al débil.
Levanta al caído.
Dice la verdad.
Practica la justicia.
Ama incluso cuando hacerlo cuesta.
Y, sobre todo, procura que su conducta diga aquello que sus labios predican.
Porque hay sermones que jamás se pronuncian desde un púlpito.
Se predican viviendo.
Una persona puede olvidar muchas de las palabras que le dijiste, pero difícilmente olvidará cómo la trataste cuando estaba caída, qué hiciste cuando todos la abandonaron o de qué lado te colocaste cuando defender lo correcto tenía un precio.
Ahí también se predica el Evangelio.
Pero Hechos 13 nos enseña otra verdad que considero imprescindible.
No todos querrán la luz.
Cuando Pablo y Bernabé predicaron, algunos recibieron el mensaje con alegría; otros lo rechazaron.
Y aquellos hombres entendieron algo que nosotros necesitamos aprender:
No podemos pasarnos toda la vida intentando iluminar un lugar que decidió cerrar sus ventanas.
Hay personas que verán la luz y caminarán hacia ella.
Otras cerrarán los ojos.
Algunas abrirán sus puertas.
Otras intentarán apagar la lámpara.
Nuestra misión no consiste en obligar a nadie a ver.
Nuestra misión consiste en alumbrar.
Por eso Pablo y Bernabé no convirtieron el rechazo en una prisión emocional.
Cuando fueron perseguidos y expulsados de aquella región, sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y continuaron hacia Iconio.
¡Qué enseñanza!
No apagaron la luz porque alguien la rechazó.
No abandonaron la misión porque una puerta se cerró.
No confundieron el rechazo de algunos con el fracaso de su llamado.
Simplemente siguieron caminando.
Quizás esta palabra sea para alguien que lleva demasiado tiempo golpeando una puerta cerrada.
Has hablado.
Has enseñado.
Has servido.
Has dado ejemplo.
Has advertido.
Has amado.
Y todavía esperas que alguien abra los ojos.
Tal vez sea momento de comprender que ser luz también significa saber cuándo continuar el camino.
Porque mientras permaneces frente a una puerta que deliberadamente decidió cerrarse, puede haber otra comunidad, otra familia, otro joven, otra persona, esperando que alguien llegue con una pequeña lámpara encendida.
Pablo y Bernabé siguieron hacia Iconio.
Y tú también tendrás tus “Iconios”.
Nuevos lugares.
Nuevas personas.
Nuevas oportunidades.
Nuevas vidas que todavía no conoces.
Pero hay algo todavía más hermoso en el relato.
Pablo y Bernabé se marcharon, pero Hechos 13 termina diciendo que los discípulos quedaron “llenos de gozo y del Espíritu Santo”.
Los portadores de la luz continuaron su camino…
pero la luz quedó encendida.
Ese debería ser uno de nuestros grandes propósitos en la vida:
pasar por lugares de los cuales algún día tendremos que marcharnos y dejar algo iluminado detrás de nosotros.
Que después de nuestro paso haya alguien que ame más.
Alguien que comprenda mejor.
Alguien que haya recuperado la esperanza.
Alguien que decida hacer justicia.
Alguien que encuentre a Cristo.
Alguien que también comience a alumbrar.
Porque el verdadero éxito de una persona de luz no consiste en conseguir que todos la miren.
Consiste en lograr que, gracias a la luz que llevó consigo, otros comiencen también a brillar.
Quizás ahí esté una respuesta a buena parte de la oscuridad de nuestro tiempo.
Nos sobran personas buscando reflectores.
Necesitamos personas dispuestas a convertirse en lámparas.
Personas que no pregunten constantemente:
“¿Qué puedo obtener de este lugar?”
sino:
“¿Qué puedo iluminar mientras esté aquí?”
El mundo necesita creyentes cuya fe pueda verse antes incluso de escucharse.
Personas cuya honestidad ilumine.
Cuya compasión ilumine.
Cuya palabra ilumine.
Cuya justicia ilumine.
Cuya manera de ejercer autoridad ilumine.
Cuya familia reciba luz.
Cuyo trabajo reciba luz.
Cuya comunidad reciba luz.
Y cuando llegue el momento de continuar…
que continúen.
Sin odio.
Sin resentimiento.
Sin deseos de venganza.
Sacudiendo el polvo, pero conservando encendida la lámpara.
Porque quien conoce su misión no necesita quedarse eternamente demostrando que tenía razón.
Simplemente sigue alumbrando.
Hace más de dos mil años alguien encendió una luz que todavía no ha podido ser apagada.
Jesús de Nazaret.
Y aquella luz pasó a unos hombres.
De aquellos hombres pasó a otros.
Atravesó pueblos, imperios, persecuciones, cárceles, océanos y generaciones.
Hasta llegar a nosotros.
Ahora la pregunta ya no es solamente quién nos trajo la luz.
La pregunta es:
¿A quién se la llevaremos nosotros?
Tal vez alguien que todavía camina en oscuridad esté esperando encontrarte.
No necesariamente para escuchar un gran discurso.
Quizás solamente para descubrir, mirando tu manera de vivir, que todavía existen la bondad, la justicia, la solidaridad, el perdón, la esperanza y el amor.
Sé luz.
Y cuando hayas iluminado cuanto puedas en un lugar, no conviertas ese lugar en tu prisión.
Si reciben la luz, ayúdales a convertirse también en lámparas.
Si la rechazan, no permitas que su oscuridad apague tu claridad.
Continúa.
Tu Iconio puede estar esperándote.
Porque todavía sigue vigente aquel mandato:
“Te he puesto para luz…”
Y mientras exista oscuridad en algún rincón del mundo, todavía habrá un lugar donde haga falta tu lámpara.
Darío Nin
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. ¡Que Dios nos continúe bendiciendo!