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Por Joaquin Núñez
“Sed santos, porque yo soy Santo” (1Pe 1,15-16) nos invita a los cristianos a buscar la santidad porque Dios es Santo. Hoy nos situamos en la dinámica del perdón, ese tributo divino que nos ha merecido la salvación. Jesús entregó su vida por amor al Padre para redimirnos, conforme a la justicia divina que comprenderemos plenamente cuando nuestro conocimiento se asemeje a Aquel que nos creó “a su imagen y semejanza” (Gen 1,26-27).
En el Evangelio, Pedro pregunta: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?” Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.
Jesús nos propone la parábola, bien conocida, del rey que perdona a un siervo que le debía diez mil talentos de oro, una suma enormemente grande, una fortuna impagable. La magnitud de la deuda simboliza que el ofendido no es un ser humano, sino Dios mismo. Su justicia divina, como su misericordia y amor, es completa, sin división ni medida.
Para entender esta parábola, es fundamental distinguir entre la justicia divina y la humana, que son muy diferentes. La narrativa puede confundirnos si no tenemos claro esto, y es esencial para comprender este Evangelio y otros similares.
Cada día oramos y pedimos la justicia divina cuando decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Algunas ofensas son contra Dios y otras, contra nosotros o contra otros.
En la parábola, el otro siervo debía cien días de salario, aproximadamente tres meses de trabajo; hoy en día, muchos acumulamos deudas mayores. El siervo perdonado, en una lógica humana y sin misericordia, puede encarcelar a quien le debe, lo cual es siempre injusto porque falta el perdón cristiano.
Aquí se plantea una cuestión clave: ¿qué justicia seguimos? ¿La divina o la humana, la pagana o la cristiana? El rey que perdonó una deuda inmensa no perdonó al siervo que no mostró misericordia hacia otro. No fue por ofenderle a él, sino por ofender a un pobre.
San Agustín, en su sermón 83 sobre este Evangelio, dice: “¿Qué es lo que Dios te perdona a ti, si tú no perdonas a tu hermano? Dios te perdona el mar, y tú no quieres perdonar una gota.”
Jesús advierte: “Si no perdonáis de corazón, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará” (v. 35). La clave no es simplemente “perdono porque Dios me perdona”. La clave es: si he sido perdonado a nivel divino, ¿cómo puedo actuar con justicia humana y no con misericordia?
Si somos cristianos, ya no vivimos bajo la justicia humana ni sólo con ética; debe guiarnos la justicia divina, que debe estar en nuestro corazón. Ser cristiano no es ser simplemente buena persona, sino vivir con la moneda de Dios. San Agustín nos recuerda en el sermón 218: “Existen dos tipos de hombres: los que piden perdón y los que lo dan. Si no eres de los que perdonan, ¿cómo puedes ser de los que reciben perdón?”
Finalmente, la conocida frase de Agustín, “Ama y haz lo que quieras,” hay que entenderla en su contexto completo: “porque el que ama de verdad no puede hacer sino el bien”. Si amamos, perdonamos con el mismo amor con que Dios nos ama. Si no, no hemos comprendido la deuda de los 10,000 talentos.
Vivamos pues en la justicia divina y no en la humana, para ser santos.
Feliz domingo, día en que el Señor nos enseña a perdonar como Él nos ama y perdona. Que la Madre de la Misericordia nos sostenga siempre.
El Prior de la Sangre.
