SABINAL, MEMORIA DE TUXTLA

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Gissele Farrera
CRÓNICA FEMENINA

El hombre, desde los primeros asentamientos, buscaba hacerlo cerca del agua como recurso vital, y lo que hoy conocemos como Tuxtla Gutiérrez no es la excepción. Creció a la orilla de un afluente, el cual los antiguos zoques conocieron como Quishtimpak y que en documentos y referencias históricas aparece también como el río de los Sabinos. Con el tiempo comenzó a ser llamado Sabinal, probablemente por los árboles de sabino que abundaban en sus márgenes.

Un río que, al paso de los años, vio cómo la ciudad crecía, avanzaba sobre sus orillas, escondía sus arroyos y poco a poco olvidaba que alguna vez aquel cauce fue parte de su vida. Hoy forma parte de su memoria, de sus recuerdos que marcan el cauce, sus orillas y los sabinos que lo engalanan.

Su historia comienza lejos del ruido de la ciudad, de las bardas de cemento que hoy lo encierran y embovedan su paso.

El río nace en el municipio de Berriozábal, donde inicia su recorrido hacia el valle de Tuxtla. En su camino recibe las aguas de distintos arroyos y corrientes que durante muchos años formaron parte de una red natural que daba vida a la región:

Del lado sur:
– Cerro Hueco, declarado reserva ecológica municipal.
– El Zapotal o Santa Ana.
– Pojpón o Arroyo Seco.
– San Roque, uno de los arroyos fundacionales de los barrios antiguos.
– Jotipak o El Zope.
– De Guadalupe o de San Pascualito.
– La Carbonera.
– Jamaipak o La Calera.
– Penipak o El Arenal.
– La Laguna.

Afluentes del lado norte:
– San Agustín.
– La Chacona.
– Lupanospak o Pomarrosa.
– Potinaspak.
– Colón o El Potí.
– San Francisco Sabinal.
– San José Totoposte.
– 24 de Junio.
– El Sabino.
– El Chupadero, cercano a la zona de nacimiento, en los linderos de Berriozábal.

Todos los arroyos originalmente eran de agua cristalina y constante. No era entonces el río olvidado que algunas generaciones conocimos:
¡Era un río vivo!

En el siglo XIX, cuando Tuxtla todavía era una población pequeña, el Sabinal constituía uno de sus límites naturales. Un plano de 1892 muestra una ciudad mucho más pequeña, contenida hacia el norte por el cauce. La ciudad terminaba donde comenzaba el río.

El agua tenía un lugar visible en la vida cotidiana; eran corrientes que atravesaban barrios y llevaban sus aguas hasta el Sabinal.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el Sabinal todavía era un sitio de convivencia, donde las familias acudían a sus aguas durante los días de descanso. Los niños reían y jugaban, mientras las mujeres lavaban; el ganado llegaba a beber agua o a refrescarse en el cálido verano.

Había pozas profundas para nadar y pescar, a la sombra de los grandes sabinos; el río formaba parte de aquellos momentos sencillos que hoy sobreviven en las historias de quienes alcanzaron a conocer otra ciudad.

Hablar del Sabinal para los tuxtlecos es también hablar de infancia, de familias, de domingos, de una ciudad que alguna vez tuvo tiempo para sentarse junto al agua; es aquí, seguramente, donde comienzan los recuerdos de muchas familias; platicando con una de las Cronista de Tuxtla Rutilia Mejia, nos cuenta:

“A la memoria de quien, en su niñez, disfrutaba con sus hermanos tirarse al piso para rodar de bajada hasta la orilla del río y así evitar un largo recorrido para rodearlo. Disfrutaban cruzar el río sobre una tabla atravesada cuando sus aguas estaban bajas. También recuerda que, en época de lluvia, se formaba un caudal de fuerte corriente y profundidad en lo que hoy es la zona del fraccionamiento Parque Madero. Recuerda un ancho río que recorría un gran terreno en el que nadie quería vivir por el peligro del agua cuando salía de su cauce.”

“Aunque ya no me tocó ver la belleza del sabinal en todo su esplendor del que cuentan quienes les tocó verlo en su máximo potencial, recuerdo haber disfrutado en mis travesuras de explorador adentrándome en terrenos más allá de los departamentos que habitabamos, corría un riachuelo proveniente del sur de la ciudad de Terán podría asumir, jugaba metiendo los pies y juntando pececitos en el agua aún clara y transparente y a ambos lados el pasto impecablemente verde, fresco, íntegro, pues parecía nadie caminar por esos parajes”.

Juy-Juy, Colón, La Pimienta, San Roque, La Calera, La Carbonera, Potinaspak, La Chacona y otros nombres formaron parte de aquella geografía del agua.

Algunos todavía viven en la memoria, otros fueron cubiertos por la ciudad y algunos parecieran haber desaparecido, aunque quizá solamente aprendieron a correr debajo de nuestros pies.

Las calles se extendieron, las casas ocuparon nuevos espacios, aparecieron colonias y el valle comenzó a transformarse; sin embargo, a causa del crecimiento urbano y la pavimentación, varios arroyos se han convertido en corrientes intermitentes que se activan principalmente en temporada de lluvias.

Las inundaciones forman parte de la historia del Sabinal y de la memoria de Tuxtla. Hay registros de grandes avenidas de agua durante distintos años del siglo XX y, posteriormente, en 1996, 1998, 2001 y 2003.

En junio de 1996, una lluvia extraordinaria provocó graves afectaciones en distintos sectores de la ciudad. En septiembre de 1998, el desbordamiento del Sabinal y de varios de sus afluentes provocó nuevamente inundaciones, dejando a muchas personas sin techo y con pérdidas humanas.

Y en octubre de 2003, el huracán Larry volvió a mostrar la fuerza del agua.

Tuxtla dejó de ser aquella pequeña ciudad que terminaba frente al cauce. Se construyeron calles, viviendas, colonias y avenidas; muchos de los arroyos que antes llevaban naturalmente sus aguas hacia el Sabinal fueron entubados o embovedados.

El agua continuó buscando su camino.

Los nuevos habitantes desconocían su historia y otros comenzaron a olvidar por dónde pasaba. Por eso, cada temporada de lluvias vuelve a recordarnos que debajo de la ciudad todavía existe una geografía antigua, hecha de barrancos, arroyos, manantiales y cauces que alguna vez fueron visibles.

El crecimiento urbano también transformó la calidad del agua. Durante décadas, el Sabinal recibió descargas de aguas residuales y basura. Aquel río que alguna vez había sido espacio de convivencia y alegría terminó convertido en un cauce tristemente contaminado, que evitabas pasar cerca, a menos que fuera el único paso, pues el hedor era fuerte.

El río que había dado vida a la ciudad también cargó con la ignorancia y la inconsciencia de sus habitantes. Y después de admirar su belleza, la ciudad ya no quería mirar su destrucción.

Pero permanece su imponente fortaleza, su capacidad de resistir para seguir ahí: a veces casi invisible, a veces seco, otras veces convertido en un cauce que solamente recordamos cuando llueve, mas siempre presente.

Tal vez por eso hablar del Sabinal no debería ser solamente hablar de contaminación, inundaciones o infraestructura, sino de la memoria perenne en sus sabinos; del susurro del agua que se escucha chocando entre las piedras, revoloteando entre olas y remolinos, de la alegría que traen las garzas y los zanates a su orilla, del canto de las ranas y la danza de los peces.

Son las remembranzas de su pueblo, arrullado en los brazos del tiempo.

En la administración municipal de Carlos Morales Vázquez, entre 2018 y 2024, quien hizo del saneamiento del Sabinal su mayor compromiso. Con respaldo del gobierno del estado, entonces encabezado por Manuel Velasco Coello, el Güero Velasco, y después por Rutilio Escandón Cadenas, se puso en marcha un plan integral que sostuvo los trabajos durante seis años continuos.

No fue una sola obra, sino cinco ejes de acción:

1. Educación ambiental: Dejar de ver al río como basurero y entenderlo como ecosistema vivo. Se sumó a escuelas, colonos y jóvenes a la tarea de cuidarlo.

2. Protección y seguridad ciudadana: Limpiezas y desazolve para devolverle capacidad hidráulica y evitar inundaciones. En ese periodo se retiraron más de 14 mil 447 toneladas de sedimento, basura y escombro.

3. El Parque Lineal: De la zona del Teatro de la Ciudad hasta el fraccionamiento Fovissste Jardín Corona se construyeron andadores, calles pacificadas, ciclovía, bancas de concreto y luminarias. El río volvió a ser un lugar para caminar, para pasear en bicicleta, para sentarse al atardecer.

4. El retiro de las descargas: Se construyeron colectores y se eliminaron las descargas directas de aguas negras que por décadas cayeron al cauce, conduciéndolas hacia las plantas de tratamiento.

5. La rehabilitación de las plantas de tratamiento: Se optimizó la planta Tuchtlán, logrando tratar hasta mil 350 litros por segundo, para que el agua que regresa al Sabinal y luego al Grijalva vuelva limpia.

A este esfuerzo se sumó el proyecto muralístico “Asómate al Río Sabinal”, impulsado por el Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura, con jóvenes artistas que llenaron de color, de garzas y de sabinos los muros que antes solo escondían el olvido.

Gracias a esos trabajos, el hedor que marcó a toda una generación desapareció. El agua volvió a ser cristalina en varios tramos y regresaron los peces, las garzas y el brillo que parecía perdido.

La recuperación del Sabinal no es únicamente una tarea de infraestructura: también significa recuperar una parte de la memoria de Tuxtla, sus historias, los pasos de quienes alguna vez caminaron junto a él, las voces de los niños, los domingos de las familias, las lluvias que hicieron temblar a una ciudad y también los silencios de quienes vieron desaparecer poco a poco aquello que alguna vez fue cotidiano.

El río no necesita que volvamos al pasado; necesitamos recordar que las ciudades tienen memoria; que debajo del concreto todavía existen cauces. El Sabinal no solamente atraviesa Tuxtla; es parte de la historia de la ciudad que lo ha visto crecer, ser exterminado y volver poco a poco a surgir de las cenizas.

G F SFD12092026

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