Comentario al Evangelio del domingo XXVI del tiempo ordinario, ciclo A. Mateo 21, 28-32.

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Por Joaquín Núñez

Nos encontramos ante uno de los fragmentos evangélicos más breves y de ideas más directas. Jesús nos presenta a dos hijos: uno aparentemente indigno, rebelde y alejado, que representa a los paganos y pecadores; y otro en apariencia obediente y fiel, que prefigura al primer pueblo elegido. Al final, toda la humanidad está llamada a la filiación, pues todos somos hijos de Dios por la creación, incluso aquellos que por ignorancia cayeron en la idolatría o en prácticas donde se esclaviza y sacrifica al ser humano, viviendo sin el don de la revelación.

Jesús echa en cara y denuncia la corrupción de las autoridades de ese pueblo escogido. Un pueblo que se ha reinventado a sí mismo hasta convertirse en una máscara irreconocible, olvidando en la práctica lo que aceptó solemnemente en el Sinaí: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho” (Éx 19, 8). Se ha encerrado en sí mismo y, lo que es peor, juzga en nombre de Dios. Dice que sí, pero no va a la viña, que es el campo del Dueño; ese campo al que todos somos llamados desde que el Sembrador salió a sembrar.

Esto nos interpela directamente: ¿Mantenemos hoy en nuestras parroquias, más que nunca, el entusiasmo por lo que el Señor nos pide? ¿O somos de los que dicen «Señor, ya voy», pero ese ir no llega nunca? A veces nos parecemos a aquel sector del primer pueblo: sabían perfectamente lo que tenían que hacer, pero eran fieles únicamente a una interpretación fría de la ley, lejos de la verdadera voluntad del Señor. Existen muchas formas modernas de “judaizar” y caer en el legalismo.

El otro hijo dijo: «No quiero», pero después se arrepintió y fue. En él se ven reflejados el publicano, la samaritana, el centurión o la mujer cananea. Todos ellos con historias rotas. Todos ellos marginados por una interpretación estricta de la Ley que los declaraba impuros y pecadores, dándolos por perdidos en manos de quienes detentaban el poder religioso.

Sin embargo, el Evangelio nos muestra a estos mismos personajes acogiéndose a Jesús y clamando: «¡Jesús, Hijo de David!». Aquellos que estaban condenados por una ley manipulada encuentran en Cristo una respuesta distinta. Jesús no los devuelve al molde tribal de quienes define como hipócritas; los sana uno a uno por su fe en Él, por su “sí” personal. Como bien decía San Agustín: «Cristo no vino a buscar tribus, vino a buscar personas». Jesús rescata y premia la fe personal; la saca del grupo tribal y la individualiza, tal como le dice a Zaqueo: «Baja enseguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa» (Lc 19, 5).

Estos dos tipos de actitudes se dan hoy en nuestras comunidades. Por un lado, están “los de toda la vida”, aquellos que ya se creen salvados y sienten que Dios les debe algo por su entrega generosa, la cual proclaman a los cuatro vientos a cambio de poder, dominio y control. Por otro lado, encontramos a personas cuya generosidad y entrega silenciosa solo la conocen unos pocos agradecidos por su atención. Las primeras reciben el aplauso en vida; las segundas encarnan los versos de uno de los mejores poemas de nuestra mística, el Soneto a Cristo crucificado:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

…No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Feliz domingo. Jesús nos muestra el amor de Dios como hijos suyos, llamándonos por nuestro nombre y transformando nuestro corazón. Solo como hermanos nos une en su obra creadora, y como hermanos nos unimos para presentarnos ante Él a través de la caridad compartida entre todos sus hijos.

Que nuestra Madre del Buen Consejo nos lleve de su mano.

El Prior de la Sangre.

 

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