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Por Darío Nin
Miren bien esta fotografía.
No se detengan solamente en los uniformes, en el césped o en un grupo de personas que acaba de compartir un partido de fútbol. Hay algo más importante detrás de esta imagen.
El equipo se llama Teachers y juega en Xàtiva, España. Como su nombre deja entrever, buena parte de sus integrantes son o han sido profesores. Entre ellos hay hombres que han dedicado años a las aulas y que hoy, algunos ya retirados, han encontrado otra manera de seguir compartiendo, aprendiendo y enseñando.
Pero quizás lo más hermoso no sea que jueguen al fútbol.
Es que juegan juntos.
En el equipo coinciden distintas generaciones. Hay personas de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta y más de setenta años. Hay profesores, una joven llamada Laura, un sacerdote llamado Raúl y hombres que, después de cumplir con buena parte de sus responsabilidades profesionales, se resisten a aceptar que jubilarse de un trabajo significa jubilarse de la vida.
Uno de ellos es mi amigo Marcos Soriano, quien acaba de cumplir 77 años.
Setenta y siete. Podríamos mirar ese número y pensar en limitaciones. Él y sus compañeros parecen haber preferido otra pregunta:
¿Qué podemos hacer todavía? Y ahí cambia todo. Porque existe una manera equivocada de envejecer que comienza mucho antes de que el cuerpo envejezca: ocurre cuando una persona llega a convencerse de que su tiempo pasó, que ya hizo lo que tenía que hacer y que ahora solamente le corresponde observar cómo otros viven.
No tiene que ser así. Cada etapa nos quita algunas posibilidades, ciertamente, pero también puede entregarnos otras. Quizás a los setenta no corramos como a los veinte. Pero posiblemente a los setenta sepamos cosas que a los veinte todavía necesitamos aprender.
Y entonces ocurre algo maravilloso cuando ambas edades se encuentran. El joven aporta fuerza, velocidad, nuevas preguntas y nuevas maneras de mirar el mundo. El mayor aporta experiencia, memoria, serenidad y caminos ya recorridos. Ninguno necesita ocupar el lugar del otro.
Se necesitan mutuamente. Por eso esta fotografía tomada en una cancha de Xàtiva termina hablando de mucho más que fútbol. Habla de integración generacional. Habla de envejecimiento activo. Habla de amistad. Habla de pertenencia. Y habla, sobre todo, de propósito.
Uno de los grandes peligros que enfrenta una persona cuando llega la jubilación es pensar que con el último día de trabajo también terminó su utilidad social. Durante décadas alguien fue profesor, médico, abogado, técnico, empleado, servidor público o trabajador. Un día entrega su escritorio, recibe un reconocimiento, se despide de sus compañeros y regresa a casa.
¿Y ahora qué? Esa pregunta puede pesar muchísimo.
Pero la jubilación debería significar retirarse de determinadas obligaciones laborales, no retirarse de la existencia. Todavía queda gente por conocer, queda algo que enseñar. Todavía queda mucho que aprender. Todavía quedan amigos por hacer, lugares por visitar, conversaciones pendientes, proyectos que comenzar y, por qué no, alguna cancha donde volver a correr detrás de una pelota.
Y aquí los más jóvenes también tienen algo que aprender. Una sociedad que separa permanentemente a las generaciones desperdicia una riqueza extraordinaria. Cuando los jóvenes solamente comparten con jóvenes y los mayores solamente con mayores, cada grupo termina contemplando la vida desde una ventana demasiado pequeña.
Necesitamos lugares donde las edades se encuentren. Una cancha puede hacerlo.
También una iglesia, una organización comunitaria, una universidad, un club, un proyecto cultural o cualquier iniciativa capaz de recordarnos que la edad establece diferencias, pero no tiene por qué levantar paredes.
Teachers nos deja, sin proponérselo, una pequeña lección. No hace falta negar los años. Hay que asumirlos.
Marcos tiene 77. Laura pertenece a una generación muchísimo más joven. Otros compañeros están en las décadas intermedias. Cada cual llega a la cancha con su historia, sus capacidades y seguramente también con sus limitaciones.
Pero cuando rueda la pelota ninguno necesita devolver el calendario. Solo necesitan estar presentes.
Tal vez ahí esté la enseñanza. Hay personas de treinta años esperando algún día para comenzar a vivir y personas de setenta que esta misma tarde están buscando qué hacer mañana.
La diferencia no siempre está en los años. A veces está en la actitud.
Por eso, cuando alguien vuelva a decirte que ya pasó tu tiempo, que estás demasiado viejo para comenzar, demasiado joven para compartir con los mayores o que cada generación debe permanecer encerrada entre los suyos, recuerda esta fotografía.
En algún lugar de Xàtiva hay un grupo llamado Teachers donde varias generaciones se ponen los zapatos, entran juntas a una cancha y convierten un partido en una afirmación de vida.
No preguntes solamente cuántos años tienes. Pregúntate qué estás haciendo con los años que tienes.
Mientras puedas aprender, enseñar, amar, compartir, servir, comenzar de nuevo, estrechar una mano o perseguir todavía algún sueño, no hables de tu época como si hubiese quedado atrás.
Tu época no fue ayer, tu época no será mañana. Mientras tengas vida para vivirla: tu época es hoy.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.
