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Por Joaquín Núñez
Este evangelio se nos presenta hoy por algo muy concreto. La oración de Jesús al Padre y la oración de Pedro son la clave de todo el pasaje.
La Iglesia, desde el principio, ha distinguido los rezos mecánicos o de cariz judaizante de dos realidades hondas: por un lado, la oración a la que Jesús se dedica retirándose a solas para hablar con su Padre; por otro, la oración sencilla y directa de Pedro cuando clama: “Señor, sálvame”, que es una súplica urgente y personal.
Si repasamos las páginas del Nuevo Testamento, vemos que los apóstoles le piden a Jesús que les enseñe a orar. Su respuesta fue: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre…” y lo que sigue. Sin embargo, nosotros a menudo hemos convertido esa oración modelo en un simple rezo repetitivo, perdiendo de vista que se trata del guion y el espíritu para dialogar con Dios nuestro Padre que está en el cielo.
El día de Pentecostés, la comunidad, la Iglesia, está en oración en el momento de la venida del Espíritu Santo. Es una oración comunitaria y de contemplación ante la Muerte y Resurrección de Jesús. En los Santos Padres hay cientos de citas que nos muestran cómo, desde el principio, la Iglesia ora a Dios imitando a Jesús. Como recogen los Hechos de los Apóstoles (Hch. 2, 42): “Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones”. No se trata de la vivencia aislada de un místico, sino de las oraciones de la comunidad.
Los testimonios bíblicos y patrióticos que poseemos hablan siempre de comunidades en oración. En el pasado hemos contado con paraliturgias donde todo estaba tan estructurado que apenas había ocasión para la vivencia personal. Hemos ensayado mil formas que a veces han decaído por resultar inefectivas, tanto a nivel comunitario como personal.
Necesitamos una pastoral en la que se enseñe a orar, y la única forma de aprender a orar es orando, empezando muchas veces en pequeños grupos. Se aprende diciendo con Santa Teresa: “Él me mira y yo le miro”. En total silencio, con humildad, sin pretender oír voces extraordinarias. Dios se manifestará; nosotros no podemos dirigir el encuentro. Es Dios quien nos encuentra en nuestro silencio. No somos nosotros, con nuestra “escandalera” de peticiones —pidiendo lo que creemos que nos conviene y lo que no—, los que llevamos la batuta; eso se convierte a veces en un mareo donde no oímos a Dios, sino que nos oímos a nosotros mismos. Eso no es orar, es reflexionar con uno mismo y buscarse la propia solución.
Hay que orar abriéndose a la bondad de Dios con toda humildad y aprender a escuchar Su lenguaje. A veces nos dará miedo; oiremos o intuiremos algo de lo que somos capaces y eso nos asustará. Pero entonces Jesús nos dirá: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”, estoy a vuestro lado. Como a Pedro, siempre nos asaltará la duda, y siempre diremos: “Señor, sálvame”, para concluir con amor tomando su mano y confesando: “Tú, Señor, eres el Hijo de Dios”.
Feliz domingo. Que nuestra oración, comunitaria y personal, sea el encuentro con el buen Jesús, motivo de nuestra alegría y nuestra ilusión. Que la Madre del Amor Hermoso nos lleve de su mano.
El Prior de la Sangre.
