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UNOS DÍAS DESPUÉS: CUANDO LA AUSENCIA NOS ENSEÑA A VALORAR LA VIDA
Texto bíblico central: Eclesiastés 3:1-4
«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar».
Hay momentos en la vida en los que las palabras parecen insuficientes. Momentos en los que quisiéramos decir algo que alivie el dolor, que seque las lágrimas y que ayude a comprender una ausencia que el corazón todavía se resiste a aceptar.
Hoy nos encontramos aquí, diez días después de la partida de un ser querido, para recordar su vida, acompañar a sus familiares y expresar que hay personas cuya presencia no termina de desaparecer cuando llega la muerte.
Porque una cosa es comprender con la razón que alguien ha muerto y otra, muy diferente, aprender a vivir con su ausencia.
Hay sillas que permanecen vacías, conversaciones que ya no se repetirán de la misma manera, llamadas que esperamos por costumbre y recuerdos que, de pronto, nos sorprenden en medio de cualquier actividad cotidiana.
Y es entonces cuando comprendemos que la muerte no solamente nos enfrenta a la pérdida de alguien. También nos enfrenta a nuestra propia humanidad, a nuestros afectos y a esas cosas que, por creer que siempre tendremos tiempo para hacerlas, vamos dejando para después.
Diez días han transcurrido. Pero el calendario no mide el dolor.
Para algunos, diez días pueden parecer poco tiempo; para quienes han perdido a una madre, un padre, un hijo, un hermano, una pareja o un amigo entrañable, pueden representar diez días aprendiendo a convivir con una realidad que nunca hubieran querido experimentar.
Por eso, antes de cualquier reflexión, quiero expresar mi solidaridad con esta familia. No hay palabras capaces de sustituir a quien ha partido, y nadie tiene derecho a imponerle a otro la manera en que debe vivir su duelo.
Llorar no es falta de fe. Extrañar no es debilidad. Sentir un vacío no significa que hayamos perdido la esperanza.
Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro. Así nos enseñó que el amor también llora, que la fe no nos convierte en personas insensibles y que el dolor puede convivir con la esperanza.
En Juan 11:25, Jesús declara:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá».
Para quienes compartimos esta fe, estas palabras nos recuerdan que la muerte no tiene la última palabra y que nuestra esperanza descansa en las promesas de Dios.
Pero este encuentro también nos invita a mirar más allá de la ausencia que hoy nos reúne.
Nos invita a mirar nuestra propia vida.
Porque mientras recordamos a quien ha partido, nosotros seguimos aquí. Todavía podemos llamar a nuestros padres, abrazar a nuestros hijos, visitar a nuestros hermanos, reconciliarnos con un amigo y decirle a alguien que lo queremos.
Y aquí comienza una de las lecciones más profundas que puede dejarnos una despedida: no debemos esperar a perder a alguien para descubrir cuánto significaba para nosotros.
¿Cuántas veces hemos querido llamar a una persona y hemos dicho: «Después la llamo»?
¿Cuántas veces hemos postergado una visita, un abrazo, una conversación pendiente o una petición de perdón, convencidos de que mañana habrá otra oportunidad?
¿Cuántas familias comparten el mismo techo, pero llevan meses o años sin conversar de corazón a corazón?
¿Cuántos hermanos han permitido que una herencia, un malentendido, una diferencia de opinión o una vieja ofensa se convierta en una muralla entre ellos?
¿Cuántos padres esperan escuchar de sus hijos una palabra de cariño, y cuántos hijos quisieran volver a escuchar la voz de sus padres, aunque fuera por unos segundos?
No hago estas preguntas para aumentar el dolor de nadie. Las hago porque la vida nos está ofreciendo, mientras estamos aquí, una oportunidad que no debemos desperdiciar.
La Biblia, en Santiago 4:14, nos recuerda que nuestra vida es como neblina que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece.
No sabemos cuántos días nos quedan. No sabemos cuándo será nuestra última conversación con una persona amada. No sabemos si el abrazo que hoy damos será el último que podamos ofrecerle.
Y precisamente porque no lo sabemos, debemos aprender a vivir de otra manera.
No se trata de pensar constantemente en la despedida, sino de aprender a estar verdaderamente presentes mientras compartimos el camino.
Que no nos falte valor para pedir perdón. Que el orgullo no nos impida reconciliarnos. Que las ocupaciones no nos roben todo el tiempo que merecen nuestros seres queridos. Que no se nos haga tarde para decir «te quiero», «gracias», «perdóname» o «cuenta conmigo».
Porque hay palabras que, pronunciadas a tiempo, pueden sanar una relación; pero, cuando la muerte llega, ya no podemos pronunciarlas directamente a quien las necesitaba escuchar.
Recordar a quien ha partido también significa preguntarnos qué estamos haciendo con el tiempo que todavía tenemos.
A la familia que hoy recuerda a su ser querido, le digo: permítanse llorños recuerdos, las enseñanzas, los gestos de amor y las experiencias compartidas pueden convertirse, con el tiempo, en una compañía distinta, aunque la ausencia siga doliendo.
Que Dios les conceda fortaleza para los días difíciles, consuelo para las horas de mayor tristeza y personas capaces de acompañarlos sin exigirles que dejen de sentir.
Y a quienes hemos venido a acompañarles, que no nos marchemos de aquí sin llevarnos una pregunta para nuestra propia conciencia:
Si hoy fuera la última oportunidad que tenemos de demostrarle amor a alguien importante en nuestra vida, ¿qué haríamos diferente?
Quizás deberíamos hacer esa llamada que llevamos días posponiendo. Quizás tendríamos que visitar a nuestros padres. Tal vez sea el momento de abrazar a un hijo, acercarnos a un hermano o pedir perdón a alguien con quien hemos permitido que el tiempo levante una distancia innecesaria.
No esperemos a un funeral para descubrir el valor de una persona. No esperemos a una ausencia para reconocer una presencia. No dejemos que la muerte tenga que recordarnos la importancia de amar a quienes todavía caminan a nuestro lado.
Hoy recordamos a alguien que ha partido. Pero también estamos aquí, vivos, con la oportunidad y la responsabilidad de decidir cómo queremos vivir.
Que su recuerdo nos ayude a comprender que el tiempo es un regalo, que el amor debe expresarse mientras puede ser recibido y que la reconciliación no debe quedar siempre para mañana.
Y que, cuando llegue el momento de despedirnos de quienes amamos, podamos hacerlo con la tranquilidad de haberles demostrado, tantas veces como tuvimos oportunidad, cuánto significaban para nosotros.
Que Dios abrace a esta familia, fortalezca sus corazones y nos conceda a todos sabiduría para vivir de tal manera que nuestras palabras, nuestras acciones y nuestro amor dejen huellas de bien en quienes comparten la vida con nosotros.
Porque, al final, no podemos decidir cuánto durará nuestro paso por este mundo, pero sí podemos esforzarnos por hacer que nuestro paso tenga sentido en la vida de los demás.
Que la memoria de quien hoy recordamos no sea solamente una razón para llorar por su ausencia, sino también una razón para amar mejor a quienes todavía están presentes.
TAMBIEN ES PROPICIOMPARA RECORDARTE QUE CRISTO HOY TE LLAMA A ARREPENTIMIENTO Y SI LE ABRES TU CORAZON EL ENTRA Y TE REGALA SALVACION Y VIDA ETERNA.HOY ES EL DIA DE SALVACION. DE TI DEPENDE COMO SALES DE ESTE LUGAR.
Amén.
