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Por Darío Nin

Reconocer los saberes: una deuda con la dignidad de la experiencia

Quiero agradecer de manera especial a mi amigo, el locutor y periodista mexicano René Narváez Lozada, por compartirme un artículo profundamente inspirador sobre el reconocimiento de los saberes adquiridos por experiencia laboral.

Su aporte, basado en la experiencia vivida en México con el Acuerdo 286 de la Secretaría de Educación Pública (SEP), merece ser conocido, valorado y replicado en otros países de América Latina.

Gracias a esta normativa impulsada por el licenciado Aurelio Nuño, exsecretario de la SEP, más de 20 mil personas han logrado titularse profesionalmente sin haber cursado estudios universitarios formales, pero demostrando dominio pleno de oficios, técnicas, artes o ciencias. Carpinteros, mecánicos, plomeros, técnicos, pedagogos, incluso personas con conocimientos en contabilidad o derecho, han podido validar su experiencia con una evaluación rigurosa y obtener un título que reconoce lo que ya sabían hacer desde hace años.

Este no es un caso aislado. Países como Inglaterra, Noruega, Dinamarca, Francia, Canadá y Estados Unidos cuentan con mecanismos similares. Incluso la historia recoge casos emblemáticos como el de Albert Einstein, quien fue reconocido en Princeton sin llevar consigo títulos formales. Y, en el terreno de la ficción, el popular personaje Mike Ross, en la serie La Ley de los Audaces, plantea un debate ético: ¿debe el conocimiento práctico ser ignorado por falta de un diploma?

En México, uno de los casos más admirables fue el del expresidente Adolfo Ruíz Cortines, conocido como “el contador”, sin haber cursado formalmente dicha carrera, pero con conocimientos empíricos sólidos y una vida pública ejemplar. Su gestión fue recordada como una de las más honestas, y ese reconocimiento nunca dependió de un título enmarcado.

Ahora bien, lo que está en juego no es regalar títulos, ni devaluar la educación formal. Se trata de reconocer el conocimiento real, muchas veces adquirido a través de la experiencia, del trabajo constante, de la autoformación, de la transmisión intergeneracional. De elevar la autoestima de quienes han construido saberes fuera del aula y han servido con excelencia a su comunidad.

Por ello, desde esta humilde tribuna, exhorto a las autoridades de la República Dominicana y de otras naciones hermanas a considerar iniciativas similares. No para sustituir la educación formal, sino para complementarla con justicia. Para que nuestras instituciones reconozcan que el conocimiento también se construye en la vida, en el taller, en el campo, en la empresa, en el hogar.

Que no se detenga esta propuesta por prejuicios burocráticos o elitistas. Que no se cierre el camino a quienes han aprendido haciendo. Es tiempo de abrir puertas, no de cerrar oportunidades.

Reconocer los saberes es reconocer al ser humano.

Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la proxima.¡Que  Dios nos continúe bendiciendo!

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