Comentario al Evangelio del día de Pentecostés. San Juan 14,15-16.23b-26. O Juan 20,19-23

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Por Joaquín Núñez

La Liturgia del día de Pentecostés de este año nos permite analizar un texto u otro; nosotros veremos parte de los dos ya analizados domingos pasados donde se recibe o se promete el Espíritu Santo.

Es curioso que estando los discípulos “con las puestas cerradas por miedo a los judíos” coincida con grupos de hoy, con miedo a que la Iglesia pierda su identidad, a que lo antiguo desaparezca, siendo así que la historia tiene cosas más antiguas, empezando con los Hechos de los Apóstoles.

No podemos cerrar las puertas al desarrollo de la teología a partir del Concilio de Trento, ni del Concilio Vaticano Primero, ni del Segundo. No podemos depender de la devoción particular de los que quieren la Misa de cara a la pared, ni obligar a que se diga de cara a la comunidad tal y como la celebro Jesús en la Última Cena, o las misas papales.

El Papa León XIV, sus primeras palabras fueros: “Pax vobis”, la Paz de Cristo Resucitado. Su primer saludo y deseo; nos saludó de frente tal como Jesús saludo a sus discípulos y les mostró sus trofeos: “sus manos y el costado”. Otra vez les da la ”Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado así os envío yo”, y dicho esto exhaló su aliento (prólogo del Evangelio de Juan 1,1-5).

El Papa León con su deseo de Paz nos hace recordar todo lo que el Espíritu de Jesús nos provoca. Si me amáis, es decir, si recibís mi Espíritu amorosamente; si rogamos con una jaculatoria corta “¿dime Jesús como lo harías?”, y si por amor así lo hacemos, anunciaremos su Reino, perdonaremos con humildad los pecados, acercaremos a los demás como se acercaba Jesús para curar, atender su pobreza, borrar su ignorancia. En último término, como eran conocidos los primeros cristianos, todos ellos misioneros, “mirad cómo se aman“.

¿Para que vino Jesús al mundo?, afirmamos que para redimirnos, para librarnos del mal, pero lo más importante es, para darnos su Espíritu, si no fuera así, de nada nos hubiera servido su perdón, nuestra situación volvería a ser tan débil como a la expulsión del paraíso, pero al darnos y recibir e invocar libremente el Espíritu Santo, el que nos da la fuerza de su amor gratuito y generoso, capaz de perdonar a quien le quita la vida, nos capacita para ser como Él.

El Espíritu que hace exclamar al primer mártir san Esteban las mismas palabras de Jesús al ser lapidado, “Señor perdónales porque no saben lo que hacen”. Que lastima no poder comentar el sermón 317 de San Agustín, donde pondera la virtud de Esteban al encarnar en su vida el mandamiento de “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os odian y orad por quienes os odian y persiguen”, y todo esto, continúa Agustín, “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos”.

El martirio de Esteban nos ilumina para entender en nosotros la fuerza del Espíritu Santo. “Pero Esteban, lleno de Espíritu Santo, miró hacia el cielo y vio a Dios en su gloria y a Jesús a su derecha”. San Agustín comenta que la Sangre de Jesús “es colirio para nuestra ceguera”.

Sin el Espíritu nos es muy difícil imitar a Jesús, o a aquellos llenos de su Espíritu. Nos es difícil imitar a San Francisco cuando abraza a un leproso, y las virtudes de tantos santos y santa que han vivido, hasta el extremo, el más y único mandamiento del Amor a Dios y al prójimo; sólo si vivimos su misma vida descubriremos, cada cual, su carisma personal. Eso nos dará cuenta de quienes somos y llegaremos al conocimiento de nosotros mismos, no seremos anónimos, sin conciencia, donde los demás nos dicen cómo hemos de ser.

Nos encontraremos cara a cara con Dios que nos llama con nuestro nombre, dicho con una dulzura liberadora: Fulanito “si me amas, guardarás mis mandamientos. Yo pediré al Padre que te de otro defensor, que esté siempre contigo”. Así seremos hijos del mismo Dios y haremos las obras de Jesús. San Pablo nos dice “todo lo puedo con aquel que me conforta” y “ ya no soy yo, es Cristo quien vive en mi”.

El Espíritu Santo se nos da como sacramento en la Confirmación de una vez para siempre, está junto a nosotros, con nosotros, le abriremos nuestro corazón, le pediremos sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y reverencia de Dios. Sus siete dones según el Catecismo de la Iglesia, pero que se condensan en la palabra que lo define: Amor a Dios.

Feliz día de Pentecostés, recibamos el Amor de Dios, abramos nuestro corazón a la promesa de Jesús: ”vendremos a él y haremos nuestra morada en él“.
El Prior de la Sangre

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