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Por Darío Nin
Antes del famoso “yo y mi casa”, Josué reúne al pueblo en Siquem y hace memoria (Jos 24:13–15). Dios les recuerda: “Yo les di lo que no trabajaron; ciudades, viñas y olivos que no plantaron”. La exhortación nace ahí: la obediencia no se compra con miedo sino que responde a la gracia.
Luego viene el filo del llamado: sirvan con integridad y quiten los dioses ajenos. No es una invitación amable; es un punto de inflexión.
Elijamos hoy: Josué se para en medio de la ambigüedad del pueblo y declara una decisión pública y compromete su hogar y su familia: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”.
Recordemos que Israel venía de una historia real de liberación, pero también de mezclas: dioses “de más allá del río”, de Egipto y de Canaán. La tentación no era atea, era sincretista o sea de varias creencias .
Hoy, nuestros “dioses” no suelen tener estatuas: Te los enumero: la productividad que nos define, la pantalla que dicta los ritmos, que te atrapa por horas, la imagen y la aprobación que nos gobiernan, la cuenta bancaria que nos promete seguridad, la ideología que se vuelve absoluto, la doctrina que nos vuelve religiosos
Los enumerados no son malos en sí; se vuelven ídolos cuando exigen lo que solo pertenece al Señor (cf. Mt 6:24; 1 Jn 5:21). El corazón no queda vacío: si no sirve a Dios, servirá a otra cosa.
Volvamos a la pregunta inicial: ¿Qué “dios” moderno compite por tu corazón? ¿Cómo lo quitarás para que haya espacio para Jesús? No culpes a otros, no te justifiques. Decide hoy. Como María, elige la presencia; como los discípulos, reconoce a Jesús en tu barca; como Josué, decláralo en tu casa.
Yo y mi casa serviremos a Jehová.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo!!!
