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Por Joaquin Núñez
Comienza el Evangelio de este domingo con la invitación a Jesús a una casa de un fariseo principal, donde asistimos a un banquete. Parece que Jesús está atento a cómo eligen sitio. Los hay quien busca los mejores asientos, creyéndose con más derechos que los demás.
Planteado así, es algo muy sospechoso, pues el pueblo Judío, por Ley, estaba claro donde debía ocupar su puesto cada invitado o en la mesa familiar, quien podía o quien no hablar y cuando no.
Hay que pensar que Lucas trata de advertir a su comunidad algo que desde el principio arrastramos en las nuestras: vanidad, tenerse por perfecto, ser el más generoso y creerse el mejor; algo que se daba entonces y ahora.
San Agustín, en sus escritos, nos advierte que la vanidad y el orgullo dividen cualquier comunidad, ya que separan al ser humano de Dios; conduce a la división interna y a la discordia con los demás.
La vanidad, al buscar la alabanza humana y la satisfacción propia, refuerza esta separación, obstaculiza la búsqueda de la verdad y la unión con lo divino. Esa es la realidad en muchas de nuestras comunidades. Él, trata de evitar ese problema, inherente al hombre, luchando con la virtud de la humildad.
El orgullo puede llevar a la pérdida del amor a Dios y al prójimo al crear una barrera de autosuficiencia y falta de humildad. El orgulloso se enfoca a sí mismo creyendo que no necesita a Dios ni a los demás.
El orgulloso no sabe de sus pecados, se ve incapacitado para buscar a Dios; al sentirse perfecto no empatiza con sus próximos, el amor lo tiene en su boca, pero no en su corazón. Practican una religión, aman más las formas que la fe, que solo la gracia alimenta.
Cualquier comunidad, sea religiosa o parroquial, encuentra dificultad para desarrollarse por aquellas personas que quieren ser los mejores en todo, en la caridad, la catequesis, en poner y quitar necesidades para la liturgia que impiden a quien puede ser más necesario.
Ojalá pudiéramos decir con aplauso de todos: haced cada cual las cosas que sabéis hacer para bien de todos.
En la vida individual aprenderemos, vencida nuestra vanidad, nuestra competencia, nuestra angustia por aparentar y ser esclavo de los demás, a celebrar un banquete de alegría compartida con nuestros amigos más necesitados, con pobres de quienes no nos avergonzaremos, sobre todo, al que más nos ama, nuestro amigo Jesús.
Jesús nos convoca a su banquete y nos llama a todos; tiene a su lado al discípulo amado, como en la Cena de Jueves Santo o al pie de la Cruz, ese discípulo amado que podemos ser cualquiera de nosotros al vivir como Él, mansos y humildes de corazón.
San Lucas nos narra una catequesis de una gran actualidad, en su comunidad encuentra vanidad y orgullo, así no se puede convocar al banquete de Jesús, hoy tampoco, sin embargo, todos nos sentimos llamados: los orgullosos, los vanidosos y los humildes, aquellos que desde la humildad esperan ser llamados si son necesarios.
Feliz domingo a todos, a los que sirven y los que son servidos.
El Prior de la Sangre.
