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Por Dario Nin
(Crónica personal desde San Salvador)
A veces una ciudad te habla antes de que alguien pronuncie palabra. El Salvador me habló desde el aeropuerto: jóvenes trabajando con amabilidad y eficacia, uniformes impecables, sonrisas sinceras. De allí al hotel y, cada noche, el corredor vial iluminado en azul y blanco como un gran pórtico nacional: banderas que se encienden y te recuerdan dónde estás. Fui por un foro mundial de Defensores del Pueblo; nos hospedamos en una zona exclusiva y nos movimos al centro de convenciones a las afueras de la capital. Orden fue la primera palabra que anoté en mi cuaderno.
Pero el verdadero termómetro de un país son sus conversaciones cortas. Tomé taxis, pregunté, escuché. La respuesta inicial se repetía: “La seguridad es extraordinaria”. Nadie duda del cambio en la percepción de tranquilidad pública. Se nota en la manera de caminar, en la serenidad con que la gente cruza una avenida o se sienta en un parque. Bukele es un nombre presente en tiendas y souvenirs; su figura es, para muchos, un símbolo del orden recuperado.
Luego aparece la segunda capa de la conversación, la que pide mejoras concretas. “El transporte público aún es insuficiente; muchos buses están viejos”, me dijeron. “Los útiles escolares y los desayunos no siempre llegan a tiempo, o no alcanzan”. Y en la escuela, añadieron, se sienten tensiones: disciplinas estrictas, cortes de cabello obligatorios que pesan en el bolsillo de familias con varios hijos. No cayó bien, en ciertos sectores, el nombramiento de una militar como ministra de Educación: para unos aporta orden; para otros, abre preguntas sobre el enfoque pedagógico y la relación con las comunidades.
Entre luces y sombras, la síntesis es esta: El Salvador luce más seguro y más presentable; al mismo tiempo, la vida cotidiana reclama que ese orden se convierta en oportunidades: flotas de buses renovadas, apoyos escolares regulares y suficientes, reglas firmes pero justas, una escuela que escuche y proteja a sus familias. La discusión de fondo es conocida: cómo mantener paz y autoridad sin ceder en derechos y debido proceso. No hay país que no deba responderla; cada época lo hace con sus herramientas y riesgos.
En penumbras tenemos la situación de unos cinco mil veteranos de guerra que espera que se le reconozca su sacrificio con una pensión digna y que muchos por asuntos burocratico no han podido acceder. Aun siguen esperanzado en que se le resolverá su situación.
Me fui con una imagen poderosa —la avenida iluminada como promesa— y con una convicción: la estabilidad se legitima cuando mejora la vida diaria de los más vulnerables. Si El Salvador logra dar ese siguiente paso, contará no solo una victoria contra el miedo, sino una victoria de la dignidad.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima, que Dios nos continúe bendiciendo.
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Por: Dr. Darío Antonio Nin
Segundo Adjunto del Defensor del Pueblo · Presidente del Gabinete Educativo
Director de Sin Fronteras Digital



