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Por Joaquín Nuñez
Parece ser que hay vicios en toda comunidad desde la primera hora. En las primeras comunidades cristianas, sus miembros proceden de sitios distintos, con sus historias y circunstancias diversas, pero, sobre todo, de origen judío; judíos son los apóstoles y el mismo Jesús.
Es muy difícil liberar el judaizar, incluso en nuestras comunidades de hoy.
Lucas, de origen griego, es quizá quien más lo nota, por eso quiere educar a su comunidad de entonces y nuestras comunidades de hoy.
El Evangelio está vivo y tiene su fuerza inspirada para enseñar siempre. Por eso si trata San Agustín el valor perenne y actual de la Escritura. En las Las Confesiones nos describe como el Evangelio nos permite entender el valor espiritual para aplicarlo a nuestra vida.
La fuerza del Evangelio para su tiempo, y hoy para nosotros, donde el centro es Jesús. Su amor y su gracia, es la fuente de nuestra salvación. Por eso, como valor perenne San Lucas, nos presenta como el cristiano ha de ser humilde y saberse pecador, pero los vanidosos y soberbios no soportan ser sorprendidos en ningún tipo de falta.
Todos conocemos a personas, conscientes o enfermas, que son insoportables por su orgullo vanidoso, lo que es peor, usar como argumento el yo valgo más que los demás, soy más perfecto y que lo dicen a todas horas venga o no a cuento. Además de soberbios y vanidosos, envidiosos, esclavos de su falta de libertad.
Gracias a Dios, también hay quien siendo del montón, dicen ellos, se saben necesitados del Amor de Dios, que siendo necesarios muchas veces, esperan que se les mande para hacer lo que saben hacer.
El modelo de humildad es el mismo Jesús cuando nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mateo 11:29). Él es nuestro Maestro, nadie más. Pero en la Iglesia, a lo largo de los siglos, muchos han pretendido proponerse como maestros, los herejes, y otros cuyos seguidores hoy los admiran y veneran como si fueran el Mesías; es una imagen poco cristiana, porque Jesús nos advierte: “No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque es vuestro Padre el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, Cristo” (Mateo , 28,8-1).
Que nuestra oración comience siempre glorificando a Dios. Padre nuestro… santificado sea tu Nombre. Poniéndonos a su servicio para que su voluntad, el ser santos, se cumpla en la tierra. Su voluntad no es caprichosa es siempre la misma. “Sed Santos como vuestro Padre celestial es Santo”(Mateo 5, 48).
Esa sintonía de intenciones en la oración, une a quien parece perfecto y a quien se tiene por pecador. Busquemos “el reino de Dios y su justicia y lo demás se nos dará como añadidura” (Mateo,6,33).
Quiere decir que Dios providente sabe lo que necesitamos y que se lo hemos de pedir junto con nuestra comunidad. ¿Creéis que nuestras comunidades parroquiales, los que nos conocemos en las misas de los domingos, son capaces, alguna vez, de orar y pedir unos por otros?.
Feliz domingo para todos/as, seamos sensibles a la necesidades de los demás y los tengamos presentes en nuestra oración. Que la Madre de todas las Gracias nos cuide y nos proteja.
El Prior de la Sangre.
