Por Dario Nin
Hoy destierro de mi mente un sueño que durante años
regresó sin invitación.
Un sueño que no nombro,
no por vergüenza,
sino por respeto a mis propios silencios.
Hay cosas que se guardan
no porque sean oscuras…
sino porque son mías.
Porque contarlas sería profanarlas,
y yo he aprendido a custodiar
lo que merece reposo.
Ese sueño persistía como un eco,
como un visitante sin armas
pero con memoria.
Agridulce, contradictorio,
mezcla de pérdida y hallazgo,
de sombra y luz,
de miedo y ternura.
Un sueño que me ganaba mientras lo soñaba
y me perdía mientras despertaba,
o quizá al revés.
Un sueño atado a dos caminos
que una vez fueron paralelos,
pero que hoy ya no me pertenecen.
Hoy lo decapito con dignidad.
Hoy lo entierro conscientemente
en el patio trasero de mi mente,
donde la tierra fértil acoge
lo que ya cumplió su ciclo.
No quiero nombrarlo
para que los curiosos no inventen historias,
para que los pescadores de mitos
no lancen redes en mi mar muerto.
Lo dejo atrás con serenidad.
Y sigo caminando,
más ligero,
más despierto,
más yo.