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Por Dario Nin
Hubo un tiempo en que nacer era un acto íntimo, profundamente humano.
El parto sucedía en casa, rodeado de mujeres, y en el centro estaba ella: la partera.
Herederas de un linaje antiguo, transmitido de abuela a madre, de madre a hija.
Sin títulos… pero con manos sabias, intuición fina y un tejido comunitario que sostenía a cada mujer que estaba por parir.
En los pueblos, apareció otra figura indispensable: el practicante, el médico empírico.
No tenía un título universitario, pero sí la responsabilidad de cuidar a todos.
Atendía heridas, calmaba fiebres, asistía partos difíciles, y muchas veces…
era la única esperanza en kilómetros a la redonda.
Gracias a ellos, comunidades enteras sobrevivieron antes de que existieran hospitales.
Las maternidades como las imaginamos hoy llegaron mucho después.
Entre los siglos diecisiete y dieciocho, surgieron los primeros espacios especializados.
La Maternité de París, fundada en mil seiscientos treinta, fue uno de los primeros lugares donde se atendían nacimientos y se formaban parteras de manera formal.
Un pequeño destello del sistema que vendría.
Nos volveremos a ver en el camino Hasta la Próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo… Contigo Dario Nin…
DANSFD09122025 SDE (Dania)
