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Por Darío Nin
El derecho a la salud y a la seguridad social no es un favor.
No es una dádiva.
No es una gracia que el Estado concede cuando quiere.
Es —como lo consagra la Constitución dominicana—
un derecho fundamental, y por tanto,
una obligación ineludible del Estado.
Sin embargo, nuestra historia reciente muestra otra realidad:
políticas tímidas, sistemas lentos, programas que nacen con promesas y mueren atrapados en papeles, ventanillas, firmas y excusas.
Se han creado iniciativas como las pensiones solidarias para envejecientes y personas con discapacidad.
Sí: existen en papel, en discursos, en anuncios oficiales.
Pero la vida no se mide en papeles.
La vida se mide en tiempo.
Y cuando la burocracia se demora,
cuando los expedientes “están en proceso” por meses o años,
cuando el Estado camina más lento que el sufrimiento de su gente,
el derecho se convierte en burla.
Hay historias que duelen:
Personas que pasan años reuniendo documentos, asistiendo a oficinas, rogando respuestas…
para escuchar siempre lo mismo:
—“Vuelva la próxima semana.”
—“Falta una firma.”
—“Eso está en evaluación.”
Y cuando por fin llega la pensión,
cuando al fin la carta se firma…
ya la silla está vacía en la casa.
Llegó tarde.
Llegó después de la lucha, después del dolor,
después de la espera que agotó el alma.
Y entonces suena esa frase amarga, popular, inevitable:
“Y… ya pa’ qué?”
La burocracia no puede seguirse escondiendo detrás de palabras bonitas.
No puede seguir justificando su lentitud como si fuera normal.
No puede seguir actuando como si el tiempo de la gente pobre valiera menos.
Porque cuando el Estado tarda en responder,
cuando retrasa una pensión, un medicamento, un procedimiento médico,
no es solo una falla administrativa: es una falla moral.
Un país que se respeta, respeta primero a sus más vulnerables.
Y los protege sin excusas.
Los envejecientes que trabajaron toda su vida.
Las personas con discapacidad que luchan día a día.
Las familias que no tienen a quién más acudir.
No pueden seguir muriendo esperando.
No pedimos milagros.
Pedimos eficiencia.
Pedimos respeto.
Pedimos humanidad.
Que el sistema funcione con la misma velocidad
con la que la necesidad aprieta el pecho.
Que la burocracia no se convierta en verdugo.
Que la dejadez no asesine la esperanza.
Que el Estado recuerde que detrás de cada expediente
hay un rostro, una historia, una vida.
Porque, de lo contrario, pareciera que seguimos confirmando —con dolor— que:
caray, parece un axioma la frase de que dolor ajeno no quita sueño.
Nos volveremos a ver en el camino.
Hasta la próxima.
Que Dios nos continúe bendiciendo…
y Él haga justicia
DANSFDSDERD29122025 (Dania)
