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Comentario al Evangelio del Domingo tercero de Cuaresma, ciclo A. San Juan, 4, 5-42.
Comentar a San Juan y precisamente el fragmento de la Samaritana hay que tener la admiración al Santo Apóstol Evangelista la delicadeza, casi poesía, con que se describe este encuentro, aparentemente ocasional, pero intencionado por el Buen Pastor que busca a la “oveja perdida” sea del pueblo que sea.

Si estamos atentos, hay dos personajes principales: Jesús que encontramos no siendo fiel a la Ley, en tierra maldita, junto a un Pozo, en tiempo sagrado por favor de Dios a Jacob y maldito por un pueblo idólatra como el samaritano; y una pecadora sin nombre, no solo por ser samaritana sino por que vende su cuerpo al mejor postor, todo eso es lo que la hace importante para el Buen Pastor, ha encontrado a la “ovejita más roñosa”.

“Era alrededor de medio día” el sol en lo alto, no es hora de ir a por agua, su hora es por la mañana o al atardecer; la mujer, pecadora notable en su pueblo, va a deshora para no ser insultada. Junto al pozo hay un hombre, Jesús, que le pide “Dame de beber“, quizá la admiración de la mujer nos parezca normal, pero no es así, escandalizada y extrañada le echa en cara “¿Como tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?.

A poco que sepa la mujer, Jesús se expone a la mayor de las impurezas, desde hablar con una maldita mujer samaritana, pedirle de beber de una agua impura, de recipiente impuro y de manos impuras, un cúmulo de impureza que lo hacen extraño al pueblo de Dios.
Captando el interés de aquella mujer, comienza un contacto con una delicadeza y calidez extraña en un judío. ¿Qué podía entender un catecúmeno en espera de su bautismo?.

Un encuentro personal con Cristo que transforma la sed espiritual en Fe, reconociendo con humildad su propia miseria y pecado, sus “maridos pasados” para recibir el “agua viva” del Espíritu Santo. El catecúmeno debe esperar conocer el “don De Dios”, permitiendo que Cristo transforme al catecúmeno en un testigo, tal como la Samaritana se convirtió en evangelista.

Este es el camino de nuestra Cuaresma. Para San Agustín, la Samaritana representa a la Iglesia, en este caso, pecadora o mediocre, y que el encuentro con Jesús simboliza la búsqueda del “Buen Pastor”, de la “oveja perdida”.

Hemos de recorrer un camino tan hermoso para encontrar a Jesús, nos creemos tan perfectos que no nos conocemos, pero a poco que entremos en contacto con Él, le oigamos y nos dejemos enseñar por su palabra, igual que la Samaritana, nuestra vida se convertirá en evangelizadora. Y con la Samaritana, que al principio se admira y todo son problemas sin solución, según lo va conociendo, llega a ser testigo y anunciara sin miedo a los de su pueblo “Venid, ved a un hombre que me ha dicho… esto y aquello”. La fe nace del encuentro personal con Jesús, encontrado como el “tesoro escondido” (Mt.13:44) que se comparte con alegría, se anuncia la fe, no la creencia, se anuncia la vida compartida con Jesús.

Esa ha de ser nuestra Cuaresma, conocer a Jesús, comer y beber de Jesús y anunciar a Jesús con alegría. Pero toca preguntarnos, ¿buscamos a Jesús?, ¿conocemos cada día más a Jesús?, o ¿nuestro Jesús es el que otros nos han dicho y creemos sin ninguna experiencia personal con Él?.No, nosotros, la Iglesia, como la Samaritana, nos ha de hacer vivir ese encuentro con Jesús por medio de una catequesis continua, algo que nos hemos de dar cuenta cuando intentemos de enseñar lo que no sabemos.

Feliz Domingo de “La Samaritana” ojalá nos demos cuenta que Jesús nos sale al camino y nos pide de beber, de beber todo lo que somos, nuestra alma, nuestra vida, nuestra personalidad, que eso es lo que le pidió a una pobre mujer ignorante y pecadora.
La Madre de la Misericordia nos lleve de su mano.
El Prior de la Sangre.

SFDJN08032026

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