Jenny Matos
El 11 de febrero de 2026 fui diagnosticada con cáncer de mama grado 1. Dos tumores (carcinomas) y una zona roja sospechosa encendieron la alarma. Días después, el 19 de febrero, un cirujano de reconstrucción me habló con claridad: debían extirpar ambos senos, y luego vendría el proceso de reconstrucción.
Mientras tanto, mi psicóloga me dio una tarea inesperada: escribir una carta de despedida a mis pechos.
Y estas fueron mis palabras.
No fueron los más grandes, ni los más firmes, ni los más admirados. Tampoco fueron siliconizados ni dignos de portada de revista. Pero fueron el alimento de mis hijos en los años de mi juventud, especialmente del mayor.
Quizás nunca llamaron demasiado la atención, porque su forma era discreta, sin exageraciones ni pretensiones de belleza provocativa. Pero eran míos.
Míos desde la adolescencia, cuando a los doce años comenzaron a anunciar que mi cuerpo estaba cambiando. Míos desde siempre, aunque tardaron en asomarse como pequeñas colinas en el paisaje de mi pecho.
No eran montañas exuberantes ni cumbres orgullosas. No eran de esos que se exhiben para provocar miradas. Pero eran míos, regalo silencioso de Dios para mi feminidad.
Mi pequeña geografía de mujer.
Hoy debo despedirme de mis dos colinas gemelas. El cáncer de mama no distingue tamaños ni historias. Llega como un torbellino y pone una sola pregunta sobre la mesa: tus pechos o tu vida.
Y yo elegí la vida.
Aun así, guardo en la memoria el primer momento en que amamantaron. Recuerdo también cuando pude donar leche a un bebé cuya madre estaba enferma. Porque aprendí algo hermoso: el tamaño no determina la capacidad de alimentar.
Algunas mujeres tienen pechos grandes, pero por estética deciden no ofrecer ese líquido sagrado a sus hijos. Yo, en cambio, tuve el privilegio de hacerlo.
Las voy a extrañar.
No sé aún si haré la reconstrucción. Y si algún día decido hacerlo, sé que nada sustituirá la gracia de haberlas tenido conmigo durante toda una vida.
Curiosamente, recuerdo una frase que mis hermanos solían repetir en broma cuando éramos jóvenes:
Cantares 8:8:
“Tenemos una hermana que no tiene pechos; ¿qué haremos con nuestra hermana cuando de ella se hablare?”
Hoy esa palabra vuelve a mí de otra manera.
Perderé los senos, sí. Pero también he descubierto algo que el cáncer no pudo quitarme: el amor y el apoyo de mis hermanos, más fuerte que nunca.
Así que hoy les digo adiós.
Adiós, pequeñas mías.
Gracias por haber sido parte de mi historia.
Siempre vivirán en mi memoria, en mi pecho y en mi gratitud.
Ahora son libres de mí.
Vuelen… como mariposas.
