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Por Darío Nin

Durante años he observado campañas políticas llenas de promesas imposibles, sonrisas ensayadas y discursos diseñados para agradar más que para decir la verdad.
Quizás por eso, hace más de una década escribí una sátira titulada “Diez razones para no votar por mí”. En aquel momento buscaba llamar la atención sobre las ofertas poco sinceras de muchos aspirantes al Congreso.

Hoy, los tiempos han cambiado, pero muchas prácticas siguen siendo las mismas.

Y aunque todavía creo en la necesidad de participar en la construcción de un mejor país, también sigo creyendo que la política necesita más honestidad y menos ficción.

Por eso, quiero compartir algunas verdades que casi ningún aspirante suele decirle a sus posibles electores. Lo enfoco ahora desde las promesas de un aspirante a senador. Ya lo he hecho con el presidente, diputados y alcaldes. Las verdades son las siguientes tanto pra el aspirante como para los electores.

1. Un senador no es un mago

Ningún senador serio puede prometer resolver por sí solo todos los problemas de una provincia. El Senado legisla, fiscaliza y representa. Quien promete arreglarte la vida individualmente desde una curul, muchas veces te está vendiendo ilusiones.

2. La dignidad no debe comprarse

No tener vocación de comprar conciencias ni de convertir la necesidad de la gente en un mercado electoral. El voto debe ser una expresión de conciencia, no una transacción económica.

3.  Recordar que la política necesita menos fanáticos y más ciudadanos conscientes:La democracia no se fortalece cuando seguimos personas ciegamente, sino cuando aprendemos a cuestionar, exigir y pensar en el bienestar colectivo.

4. Ningún legislador puede crear riqueza instantánea. Los cambios verdaderos toman tiempo. Lo responsable es promover leyes, políticas públicas y oportunidades que permitan mejorar la calidad de vida de la mayoría, especialmente de quienes históricamente han sido olvidados.

5. Decir la verdad tiene costos. Quien habla con sinceridad muchas veces incomoda. La política tradicional suele premiar al que halaga y castigar al que cuestiona. Pero una democracia sana necesita voces capaces de decir lo que piensan, incluso cuando eso genere aislamiento o críticas.

6. No creer en políticos perfectos.Seguramente existirán personas con más experiencia, más recursos económicos o mejores estructuras políticas, que otras. Pero también creer que la decencia, la sensibilidad social y la coherencia siguen teniendo valor en la vida pública.

7. El Senado debe parecerse más al pueblo.Necesitamos representantes que conozcan las dificultades reales de la gente común; personas que sepan lo que significa abrirse camino en medio de las carencias y las adversidades.

8. La política no debería convertirse en una profesión para enriquecerse.Servir no es aprovecharse del poder. El país necesita recuperar la idea del servicio público como compromiso moral y no como negocio personal.

9. La democracia también depende del ciudadano.No toda la responsabilidad recae sobre quienes aspiran. Los pueblos también tienen el deber de aprender a votar pensando en el futuro colectivo y no únicamente en beneficios inmediatos.

10. “La gente decente no puede seguir abandonando la política”.Tal vez esa siga siendo la reflexión más importante de todas. Es una indecencia que las personas decentes renuncien a participar, dejando el espacio público únicamente en manos de quienes ven la política como un instrumento para servirse a sí mismos.

No escribo estas líneas para pedir un voto o que votes por alguien en particular
Las escribo porque sigo creyendo que la sinceridad también puede tener espacio en la vida pública. Y porque, a pesar de todas las decepciones, todavía creo en la posibilidad de una política más humana, más consciente y más cercana a la dignidad de la gente.

Dr. Darío Nin
Caminando sobre las utopías…

Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. ¡Que Dios nos continúe bendiciendo!!!

 

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