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Por Darío Nín
Si eres de los que sienten que la gente te pide demasiado y no te dejan tranquilo con tantas solicitudes de ayuda, hoy quiero compartirte una fórmula infalible para librarte de esa “terrible situación”.
La fórmula es sencilla.
Se resume en una sola palabra: Empobrécete. Sí, así como lo oyes.
Ahí tienes la fórmula perfecta para que nadie vuelva a tocar tu puerta buscando apoyo, para que nadie te llame pidiéndote un favor, para que ninguna madre desesperada te escriba buscando una ayuda médica, ni ningún estudiante toque tu oficina buscando una oportunidad.
Empobrécete… y asunto resuelto. Y además, de esa manera, cuando digas “no puedo”, no tendrás que sentir el peso moral de saber que muchas veces sí podías, pero simplemente no querías.
Ahora bien, aclaro algo importante: no me refiero a aparentar pobreza mientras se vive rodeado de comodidades. Porque quien simula necesidades inexistentes para evadir responsabilidades humanas termina convirtiéndose en un farsante social.
No. Me refiero a empobrecerte de verdad ¿Te parece absurda la idea?
Claro que sí. Tan absurda como olvidar de dónde venimos. Porque si algo debería producir la prosperidad verdadera no es arrogancia, sino memoria. La memoria de aquellos días en que también necesitábamos ayuda. La memoria de aquella mano amiga que apareció cuando parecía que todo estaba perdido. La memoria de quienes nos dieron una oportunidad cuando nadie apostaba por nosotros.
Antes de recordar cuánto te costó llegar donde estás, recuerda primero quién te ayudó a llegar. Porque nadie asciende completamente solo. Detrás de cada profesional exitoso hubo muchas veces una madre sacrificándose en silencio, un padre agotándose trabajando, un maestro creyendo en él, un amigo extendiendo la mano, un vecino recomendándolo o alguien que simplemente decidió ayudar sin esperar nada a cambio y otros muchos que lo hicieron en absoluto anonimato, tanto que ni tú mismo lo has percibido todavía
Aun quienes levantaron imperios con esfuerzo propio necesitaron clientes, empleados, colaboradores, carreteras, servicios públicos, estabilidad social y personas que consumieran lo que producían. Nadie prospera aislado de la sociedad.
Por eso, la solidaridad no debería verse como una carga, sino como una forma de gratitud. como justicia social y relacional devolver a otros lo que ya recibimos de alguien más.
Claro está, nadie está obligado a resolverle la vida a todo el mundo. Tampoco se trata de entregar irresponsablemente lo que con sacrificio se ha construido. Hay personas oportunistas, manipuladoras y abusadoras. Eso también es verdad.
Pero una cosa es poner límites… y otra muy distinta es endurecer el corazón. Hay gente tan obsesionada con proteger lo suyo que termina empobreciéndose espiritualmente. Y ese tipo de pobreza suele ser mucho más peligrosa que la económica.
Porque el dinero puede perderse y recuperarse. Pero cuando se pierde la sensibilidad humana, se pierde algo mucho más valioso.
La vida da muchas vueltas. Hoy puedes estar arriba y mañana necesitar de otros. Por eso la empatía no es solo un acto de bondad; también es un acto de inteligencia humana.
Ayudar cuando se puede no te hace menos rico. Te hace más humano. Y quizás ahí esté la verdadera riqueza que muchos todavía no han aprendido a construir.
Nos volveremos a ver en el camino.
Hasta la próxima.
Que Dios nos continúe bendiciendo.
