El cristiano como ciudadano: fe, responsabilidad y compromiso con la sociedad

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Por Dario Nin

Muchas veces se ha querido presentar al cristiano como alguien desconectado de los asuntos públicos, limitado únicamente a la vida espiritual o al templo. Sin embargo, el Nuevo Testamento presenta una visión diferente: el creyente está llamado a ser luz del mundo, sal de la tierra y ejemplo ante la sociedad. Eso incluye su conducta ciudadana, su relación con las autoridades, el pago de los impuestos, su integridad moral y hasta su compromiso con la justicia y la vigilancia ética de la democracia.

Jesús dejó claro que la fe no debía esconderse, sino reflejarse en la conducta pública:

“Vosotros sois la luz del mundo… Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras.” (Mateo 5:14-16)

El cristiano no solo predica con palabras; también evangeliza con su comportamiento. La honestidad, el respeto, la responsabilidad y la solidaridad son parte del testimonio cristiano.

El apóstol Pedro también exhorta: “Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles.”(1 Pedro 2:12=

Es decir, el creyente debe conducirse de manera que incluso quienes no comparten su fe puedan reconocer su rectitud.

El Nuevo Testamento enseña que el orden social es necesario para la convivencia humana. Por eso el cristiano debe respetar las autoridades legítimamente constituidas.

El apóstol Pablo escribió:“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios.”( Romanos 13:1) Y más adelante añade: “Dad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto.” (Romanos 13:7)

Esto coloca al cristiano frente a una responsabilidad cívica: cumplir las leyes, respetar el orden y contribuir al sostenimiento de la sociedad mediante el pago de impuestos.

Jesús mismo abordó el tema cuando le preguntaron sobre los tributos: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” ( Mateo 22:21)

Con estas palabras, Cristo reconoció deberes espirituales, pero también responsabilidades civiles.

La Biblia no prohíbe la participación política. Lo que condena es la corrupción, la injusticia, el abuso de poder y la hipocresía.

El creyente debe comprender que la política, en su sentido más noble, es una herramienta para procurar el bien común. Por eso, un cristiano puede participar en política, votar, opinar, fiscalizar y exigir transparencia, siempre actuando con ética y respeto.

Jesús enseñó:“Bienaventurados los pacificadores.”( Mateo 5:9)

Y el profeta Miqueas nos dice: “¿Y qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios.” ( Miqueas 6:8)

La indiferencia ante la injusticia no armoniza con el mensaje cristiano. El creyente no debe usar la fe para justificar silencio frente a la corrupción o el abuso.

Uno de los mayores testimonios de un cristiano es la coherencia entre lo que predica y lo que hace.

En 2 a los Corintios encontramos : “Procuramos hacer las cosas honradamente, no solo delante del Señor sino también delante de los hombres.” ( 2 Corintios 8:21)

Y también en Efesios encontramos:“No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas.” (Efesios 5:11)

El creyente está llamado a rechazar el soborno, la mentira, el engaño y cualquier práctica que degrade la dignidad humana o dañe a la colectividad.

Aunque el término “democracia” no aparece en el Nuevo Testamento, sí aparecen principios compatibles con la vigilancia ética del poder y la defensa del bien común.

Jesús denunció la hipocresía de líderes religiosos y políticos de su tiempo cuando actuaban injustamente. Juan el Bautista también reprendió abusos de autoridades.

El cristiano, por tanto, no debe ser un ciudadano pasivo. Puede y debe velar porque la sociedad marche con justicia, transparencia y respeto a la dignidad humana.

En 1 a los Tesalonicenses la palaba nos dice: “Examinadlo todo; retened lo bueno.”
(1 Tesalonicenses 5:21) Eso incluye examinar las acciones públicas, cuestionar lo incorrecto y defender lo justo.

La Constitución y la democracia necesitan ciudadanos vigilantes, pero también moralmente responsables. En ese sentido, un cristiano auténtico puede convertirse en un guardián ético de la sociedad, no desde el odio ni el fanatismo, sino desde los valores del Evangelio.

El cristiano tiene ciudadanía celestial, pero vive temporalmente en una nación terrenal. Por eso debe contribuir al bienestar colectivo.Jesús resumió gran parte del deber humano en un principio sencillo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”(Mateo 22:39). Quien ama al prójimo no roba fondos públicos, no promueve injusticias, no destruye instituciones ni permanece indiferente ante el sufrimiento social. Ser buen cristiano también implica ser buen ciudadano.

Porque la fe verdadera no solo se demuestra en el altar; también se demuestra en la calle, en la familia, en el trabajo, en el voto, en la honestidad cotidiana y en la defensa de una sociedad más justa y digna.

No obstante a todo esto, el cristiano debe tener claro que la obediencia a las autoridades y el respeto al orden social no significan sumisión ciega ante decisiones injustas o contrarias a los principios de Dios.

La Palabra establece un límite moral cuando las autoridades pretenden impedir la fe, la verdad o la práctica de aquello que Dios manda. Cuando a los apóstoles se les prohibió predicar el Evangelio, Pedro respondió con firmeza:“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”( Hechos 5:29)

Esta expresión marca un principio fundamental para el creyente: el cristiano respeta las leyes, honra las autoridades y procura la paz social, pero jamás debe participar en injusticias, corrupción, opresión o acciones que violen la voluntad de Dios y la dignidad humana.

Por eso, la obediencia cristiana no es servilismo. Es una obediencia responsable, ética y consciente. El creyente puede colaborar con el Estado, pero no convertirse en cómplice del mal. Puede respetar a las autoridades, pero también levantar su voz cuando se atropellan principios fundamentales de justicia, verdad y humanidad.

A lo largo de la historia, muchos hombres y mujeres de fe enfrentaron sistemas injustos precisamente porque entendieron que su compromiso con Dios estaba por encima del miedo, la conveniencia o la presión del poder.

Ese equilibrio entre respeto institucional y fidelidad a la conciencia es lo que convierte al cristiano en un ciudadano íntegro: alguien que aporta a la democracia, a la paz y al orden social, pero que también conserva el valor de defender lo correcto aun cuando hacerlo tenga un costo.

Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo

Darío Nín

 

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