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Por Darío Nin
La respuesta no es fácil de generar si te pones en los zapatos del político que desea seguir en el poder o del funcionario que desea mantenerse en el puesto o escalar a uno superior y estos son sus principales objetivos.
Pero, no olvidemos que cuando una persona asume un puesto público, lo hace con un compromiso. No, solo se trata de ocupar un empleo, sino de asumir el trabajo que ello conlleva. En demasiadas ocasiones, el político se queda en el empleo: disfruta de los beneficios, de las comodidades del puesto, sin enfrentarse a las responsabilidades para las que fue elegido.
Se olvidan las promesas, se evita lo incómodo, y la popularidad se convierte en la meta primordial. Esta dinámica es especialmente visible en países en vías de desarrollo, donde la educación aún es un privilegio y la ignorancia se convierte en moneda de cambio.
Muchos políticos trafican con esa ignorancia, permitiendo que gran parte de la población haga lo que quiera, sin orden, sin guía, esperando a cambio un voto que, a largo plazo, perpetúa el estancamiento.
Así, se diluye el poder del ciudadano, que, con su enorme capacidad de decisión, es manipulado por la falta de educación cívica.
Esto tiene una salida: es necesario que el político no solo ejerza su poder, sino que eduque, que acompañe, que promueva una ciudadanía más crítica. Si bien no siempre se verá el cambio de inmediato, las generaciones futuras podrán disfrutar de un entorno más sano.
La idea no es solo ocupar un cargo, sino asumir la responsabilidad de transformar. De esta manera, la política deja de ser un espectáculo entre lo odioso y lo gracioso, y se convierte en un motor real de cambio, donde la educación y la valentía vencen a la corrupción y su politiquería.
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