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Por Darío Nin.
Hay historias que no deberían escribirse con tinta, sino con lágrimas. Porque hay vidas que se consumen sirviendo y, al final del camino, reciben como recompensa el silencio, el abandono, la indiferencia.
La historia de Arelys Mercedes Marte Rosario, residente en Sabana Rey, La Vega, es una de ellas. Durante 22 años, entregó lo mejor de sí a una escuela pública. Cuando el centro apenas iniciaba, Arelys era la única conserje. No habían conectado el agua en la escuela ni tampoco habia personal suficiente.
Todo recaía sobre sus hombros. Le correspondía limpiar doce aulas, doce baños, los pasillos, la dirección, el patio, cada rincón. También hacía las veces de portera, jardinera, vigilante y colaboradora en todo lo que fuera necesario para que la escuela funcionara.
Había días en que ni siquiera había agua. Entonces tomaba cubetas y caminaba hasta el canal o el río para buscarla, porque entendía que los niños merecían encontrar una escuela limpia y digna.
Pocos vieron esos sacrificios. Menos imaginaron el desgaste físico que, año tras año, fue dejando huellas invisibles en su cuerpo. El tiempo pasó. Y, mientras la escuela crecía, Arelys pagaba el precio de tantos años de esfuerzo. Hoy, padece EPOC, una condición que limita su respiración y deteriora significativamente su calidad de vida. Pero lo más doloroso no fue la enfermedad. Lo más doloroso fue descubrir que, después de más de dos décadas de servicio, fue despedida sin recibir prestaciones laborales, sin una explicación convincente y, según se relata, sin la consideración humana que merece una persona que dedicó gran parte de su vida al servicio.
Porque estos hechos ocurrieron como se describen, la pregunta deja de ser sólo legal para convertirse también en una cuestión profundamente moral. ¿Qué dice de nosotros, de nuestra sociedad, cómo tratamos a quienes limpiaron nuestras aulas, para que otros pudieran aprender?
Ojalá que esta historia no termine siendo una más entre tantas. Ojalá despierte conciencias. Porque mientras haya servidores públicos que, después de entregar su salud por el bien común, sientan que fueron olvidados, todavía tendremos una deuda pendiente con la justicia y con la gratitud.
La historia de Arelys Mercedes Marte Rosario no es solo una anécdota de sacrificio, es un reflejo de muchas realidades invisibles. Durante 22 años, Arelys se levantó temprano, limpió baños, pasillos, aulas, cargó agua del río cuando no había suministro. Lo hacía todo por un sueldo que comenzó en mil ochocientos pesos dominicanos.
Con el tiempo llegó a doce mil, pero nunca dejó de cumplir. Su esfuerzo fue aumentando en silencio, pero también el desgaste. Hoy, Arelys vive con EPOC, una enfermedad pulmonar crónica que limita su movilidad y su aliento, sumada a problemas de columna. Y, sin embargo, fue desvinculada sin prestaciones, sin seguro médico, y sin una explicación clara. Aquí la pregunta va más allá de lo legal.
Es una cuestión moral: ¿qué responsabilidad tiene una sociedad con quienes han sostenido lo cotidiano con su trabajo? Arelys no pide caridad. Pide reconocimiento y justicia; una pensión digna que le permita sobrevivir con tranquilidad. Este es un llamado a no pasar de largo. A mirar, escuchar y responder con humanidad. Porque la dignidad no debería ser un privilegio, sino un derecho.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.
DanSFDSRLV 11072026



