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Gissele Farrera
CRÓNICA FEMENINA
La algarabía de septiembre llega vestida de verde, entrelazada de blanco y con el rojo en los labios; con el eco de las campanas, el aroma de los guisos, los sabores en las mesas, engalanando la música con esa emoción inexplicable que nace desde el pecho, escuchando a su pueblo en una sola voz:


¡Viva México!
La Patria es memoria. Es la tierra que nos vio nacer, la voz de nuestros abuelos contando historias, la fotografía antigua que alguien conserva cuidadosamente, la plaza donde alguna vez se reunieron nuestros antepasados, los caminos por donde anduvieron hombres y mujeres cuyos nombres quizá no aparecen en los grandes libros de historia.
Las celebraciones patrias no fueron solamente obra de los nombres que hoy reconocemos en los monumentos; también tuvieron el rostro de hombres y mujeres que dejaron sus casas, que caminaron largas distancias, que tuvieron miedo y, aun así, siguieron adelante.
La historia se escribió en las pequeñas comunidades, en los pueblos, en las familias, en las conversaciones alrededor de una mesa y en aquellos relatos que fueron pasando de una generación a otra.
Las calles guardan la memoria; las casas también son testigos de una historia de amor, de una despedida o de una lucha. La receta que contiene la memoria de la abuela, el baile que conserva la identidad de un pueblo, la canción que logra devolvernos por unos instantes a quienes ya no están… es ahí donde la Patria deja de ser una palabra solemne y se convierte en algo íntimo, en algo nuestro.

México está en el mole, en el pozole, en la birria, en los chiles en nogada que se preparaban en aquellos fogones, calentados con el ingrediente del amor, destilando sabores que son memoria; en el artesano que borda, que esculpe, que teje; que transforma la madera, el barro o el color; en quien conserva una tradición, en quien esculpe una historia para que otros puedan conocerla.
Está en nuestras lenguas, en nuestras fiestas, en nuestras plazas y en nuestros templos; en la música que nos acompaña desde la infancia y en esos pequeños rituales familiares que, sin darnos cuenta, también forman parte de nuestra vida y de nuestra historia.
Septiembre nos conmueve tanto mientras ondea una bandera como cuando ondean nuestros recuerdos de quienes hicieron posible que hoy podamos nombrarnos mexicanos.
Septiembre no es solamente luces, música y celebración. Es también un abrazo a nuestras raíces; es mirar nuestra bandera, escuchar el Himno y recordar que cada color lleva consigo una historia.
Cada campana que repica nos recuerda que hubo quienes estuvieron antes de nosotros; que cada vez que pronunciamos ¡México!, estamos nombrando una tierra hecha con manos que han labrado sueños, que han implorado al cielo, que han dejado historias de virtud, honor y lealtad, escritas a base de sacrificio y dolor, en rostros esculpidos por el tiempo, en las manos que heredaron un oficio, las voces que conservaron una historia que se honra, se cuenta y se lleva en el corazón.
