|
En audio
|
Por Joaquin Núñez
El Evangelista escribe a su comunidad judeocristiana unas normas de conducta, las que Jesús está dando a sus seguidores para siempre. Venimos viendo, desde aquel pasaje de “Salió el sembrador a sembrar”, que no hay milagros de sanaciones y, en último término, de limpieza de pecados, según la manera de pensar de la cultura judía. Todo lo contrario: aquí Jesús habla a los de dentro, enseñándoles cómo han de vivir en comunidad. El cristiano está llamado a vivir con otros cristianos, en ayuda mutua y en enseñanza común.
Leyendo este Evangelio, pensaba en san Agustín, a quien cito mucho. Como obispo, reúne grupos, lo que hoy podríamos llamar parroquias, de todo tipo: personas que quieren de verdad ser y crecer en la vida cristiana. Agustín no escribe una regla ni funda una orden. Pero, a lo largo de sus escritos y según las necesidades de su comunidad, nos va diciendo cómo ha de ser una comunidad cristiana.
Y el Evangelio de este domingo nos presenta tres cosas muy concretas:
- Primero, la corrección fraterna.
- Segundo, el atar, vincular y perdonar con amor.
- Tercero, la oración en comunidad.
San Agustín nos dice: “No corrijas para humillar; corrige para ganar. Si lo pierdes, ya no lo corregiste: lo mataste.”
La corrección cristiana no pretende hacer daño ni demostrar que uno tiene razón. Busca ganar al hermano. Corregir es un acto de amor cuando se hace desde el deseo sincero de que el otro vuelva al camino del Evangelio.
El segundo punto es el de atar y desatar, que nos asombra porque son las mismas palabras que Jesús dirige a Pedro y que ahora aparecen concedidas también a la comunidad. Los escrituristas, y menos aún los teólogos, no siempre comentan este versículo con amplitud, quizá porque puede crear problemas. Pero aquí Jesús da a toda la Iglesia algo que anteriormente había dado a Pedro.
¿Y qué significa atar y desatar?
Atar es discernir aquello que no va de acuerdo con el Evangelio; es poner un límite por amor. Desatar es perdonar, acoger y dar otra oportunidad.
San Agustín lo expresa de una manera muy hermosa: “La Iglesia ata con la disciplina y desata con la misericordia.”
No puede existir una verdadera comunidad cristiana sin estas dos cosas: la verdad y la misericordia. Una comunidad que solo corrige puede convertirse en dura y juzgadora. Una comunidad que solo perdona, sin discernir ni poner límites, puede terminar aceptándolo todo. Jesús nos pide las dos cosas: firmeza en el Evangelio y misericordia con el hermano.
Y llegamos al tercer punto: la oración en común.
Sin oración común no hay verdadera corrección ni verdadera autoridad cristiana. Primero nos ponemos de acuerdo con Él y después entre nosotros. Porque Jesús no nos deja solos para atar y desatar, para corregir y para hacer comunidad. Él mismo nos lo dice: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”
Como vemos, san Agustín casi no inventó nada: hizo comunidad con el Evangelio.
¡Qué bien sería que nuestras comunidades, nuestras parroquias, tuvieran el fermento suficiente para ser un verdadero reflejo de este Evangelio!
Nos apartamos de él cuando no corregimos y, en cambio, criticamos o calumniamos. Eso no es corregir para ganar al hermano: es desatar la comunidad, romper los vínculos que deberían unirnos.
Nos reunimos en las Eucaristías, en las misas dominicales, y parece que somos una misma cosa, que estamos unidos y desatados de todo aquello que nos separa. Pero incluso entre hermanos y feligreses que queremos ser ejemplares aparecen la vanidad, el orgullo y tantas actitudes que, como dice san Agustín, terminan deshaciendo la comunidad.
Seguir lo que dice Agustín hoy es soñar con algo hermoso. Y digo Agustín, gran pecador, vanidoso, excelente orador y, sobre todo, converso. Precisamente por eso se nos hace cercano. Ha pensado una pastoral evangélica para su comunidad y nos la ofrece desde su propia humanidad.
Agustín es humano. Es humilde y cariñoso con los suyos, pero también valiente con aquellos que pueden hacer daño a su comunidad. Nos enseña: “Corrige al que yerra como te gustaría ser corregido: con dolor, no con rabia; para ganar un hermano, no para perderlo.”
En nuestras parroquias no es frecuente la oración común con una intención concreta por los distintos temas de la parroquia, por sus necesidades o por las personas que necesitan nuestra ayuda.
Y, sin embargo, deberíamos recordar: “Antes de tratar los asuntos, tratemos con Dios, porque si Él no está en medio, estamos solos.”
Si Dios no está en medio de nuestra comunidad, podemos convertirnos en una organización más, en una ONG, en un grupo de personas que hace cosas buenas. Pero no por eso seremos necesariamente una comunidad cristiana.
Por eso, en este domingo, no busquemos que la parroquia nos quiera a nosotros. Amemos nosotros a la parroquia, amemos a nuestros hermanos, y tendremos comunidad.
Que la Madre del Buen Consejo nos enseñe a corregir con amor, a perdonar con misericordia, a mantenernos unidos y, sobre todo, a poner siempre a Cristo en medio de nosotros.
Que María nos ate al Evangelio y nos haga uno en el Uno, que es Cristo.
Feliz domingo.
El Prior de la Sangre
SFDJN 04092026
