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Por Darío Nin

En el Evangelio de Juan, capítulo 1, encontramos una afirmación extraordinaria:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”.

Y más adelante nos dice:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”.

Permítanme partir de ahí.

Primero fue el Verbo. Después, el Verbo se hizo carne.

La palabra antecedió a la realidad material.

Pero en nosotros debería ocurrir algo todavía más: antes de la palabra debe estar el pensamiento. Debemos pensar antes de hablar, porque una vez pronunciada, la palabra comienza a producir consecuencias.

Cuando esa palabra utiliza los instrumentos naturales de la fonación, se convierte en voz. Y la voz tiene un destinatario: alguien que escucha, interpreta y, muchas veces, actúa como consecuencia de aquello que escuchó.

Por eso me gusta decir que así como el café tiñe el agua, la lengua tiñe la palabra.

Puede convertirla en dulce o amarga; en bendición o maldición; en conflicto o solución; en instrumento de libertad o de sometimiento.

Y esto me recuerda una antigua fábula atribuida a Esopo: “La lengua y sus usos”.

Cuenta la historia que su amo le pidió que fuera al mercado y comprara lo mejor que encontrara, porque recibiría invitados importantes.

Esopo regresó con lenguas y las preparó de distintas maneras.

Terminada la cena, el amo, satisfecho, le preguntó por qué había elegido precisamente lengua.

Esopo respondió:

—Me pediste lo mejor, y eso traje. Con la lengua se enseña, se persuade, se dialoga, se canta, se ora, se expresa el amor y se construyen civilizaciones. ¿Qué puede haber mejor que la lengua?

Días después, el amo volvió a enviarlo al mercado. Esta vez le ordenó:

—Tráeme lo peor que encuentres.

Y Esopo volvió con lengua.

Ante la sorpresa de su amo explicó:

—La lengua también es madre de pleitos, mentiras y calumnias. Con ella se insulta, se destruyen amistades y reputaciones, y hasta pueden desatarse guerras. ¿Qué puede haber peor que la lengua?

Ahí está, probablemente, una de las grandes lecciones de la oratoria:

La palabra no es buena ni mala por sí sola. Su grandeza o su peligro dependen del uso que hagamos de ella.

A través de la historia encontramos hombres y mujeres capaces de cambiar sociedades mediante la palabra.

Demóstenes y Cicerón son referentes de la oratoria clásica. Pericles utilizó la palabra para movilizar a la ciudadanía ateniense.

Mucho después, Abraham Lincoln dejó discursos que todavía son recordados; Winston Churchill utilizó la palabra para levantar el ánimo de un pueblo en medio de la guerra, y Martin Luther King Jr. convirtió un sueño expresado desde una tribuna en símbolo universal de una lucha por los derechos civiles.

No voy a mencionar nuestros grandes oradores locales…

para no despertar entre los presentes pasiones probablemente dormidas, pero no muertas.

Pero todos esos ejemplos nos recuerdan algo:

un verdadero orador no es simplemente alguien que habla bonito. Es alguien capaz de hacer que una idea llegue a la mente, toque el corazón y pueda mover a la acción.

Y precisamente ahí aparece el gran desafío de nuestro tiempo.

Hoy la oratoria parece brillar muchas veces…

por su ausencia.

Vivimos en una época en la que las palabras circulan a una velocidad extraordinaria. Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y, paradójicamente, quizás nunca habíamos necesitado tanto aprender a comunicarnos.

Porque hablar mucho no significa comunicar bien.

Y quienes estamos del otro lado —los ciudadanos, los representados, los que escuchamos desde la grada— no queremos solamente discursos.

Queremos una palabra hermosa, sí.

Queremos una palabra convincente, también.

Pero, sobre todo, queremos una palabra que después se haga carne.

Una palabra que se convierta en hechos.

Porque cuando las acciones contradicen permanentemente aquello que se proclama desde una tribuna, la palabra pierde valor.

Por eso quisiera que la palabra pública recuperara las cualidades del diamante:

fuerte, brillante, transparente y valiosa.

Y aquí entramos propiamente en la oratoria.

La oratoria es el arte de hablar en público con capacidad para comunicar, persuadir e inspirar.

Dos herramientas resultan particularmente importantes: la retórica y la elocuencia.

La retórica nos ayuda a organizar las ideas, construir argumentos y saber qué decir y cómo estructurarlo.

La elocuencia permite que ese contenido llegue al público con claridad, belleza y fuerza.

Una organiza el pensamiento.

La otra ayuda a transmitirlo.

Pero ninguna de las dos basta por sí sola.

Podemos tener un discurso perfectamente estructurado y no lograr conectar con nadie.

Y también podemos tener una voz hermosa, gestos impresionantes y frases memorables… pero no decir absolutamente nada.

El verdadero orador necesita contenido y forma; pensamiento y expresión; razón y emoción.

Y cuando hablamos de liderazgo, esto adquiere una importancia todavía mayor.

Quien dirige debe comprender que cada vez que habla no solamente transmite información: proyecta liderazgo.

Su manera de expresarse puede transmitir seguridad o inseguridad; preparación o improvisación; cercanía o arrogancia; confianza o incertidumbre.

Una gran idea mal comunicada puede perder buena parte de su fuerza.

Por eso no basta con saber.

Hay que saber comunicar lo que se sabe.

El líder debe cuidar su dicción, aprender a modular su voz, utilizar adecuadamente las pausas, saber cuándo elevar el tono y cuándo bajarlo.

Y hay algo todavía más importante:

debe aprender a escuchar.

Porque la oratoria del liderazgo no puede convertirse en el arte de hablar para que los demás callen.

El verdadero comunicador comprende que detrás de cada audiencia existen personas que piensan, sienten, cuestionan y esperan respuestas.

Por eso la oratoria exige preparación.

Exige lectura.

Exige práctica.

Exige pensamiento crítico.

Y exige algo que ningún curso de dicción puede proporcionar por sí solo:

coherencia.

Porque podemos aprender técnicas para hablar.

Podemos mejorar nuestra postura.

Podemos controlar nuestros gestos.

Podemos dominar el escenario.

Pero existe una pregunta que finalmente determinará la credibilidad del liderazgo:

¿Lo que haces cuando bajas de la tribuna corresponde con lo que dijiste cuando estabas sobre ella?

Ahí está el verdadero examen del orador.

Porque la palabra de un líder alcanza su mayor poder cuando su conducta puede respaldarla.

Por eso hago un llamado especialmente a quienes ejercen posiciones de liderazgo:

No subestimen el poder de la palabra.

Prepárense para hablar.

Piensen antes de pronunciarse.

Conozcan aquello de lo que hablan.

Aprendan a comunicarlo.

Pero, sobre todo, procuren que después de hablar la palabra se haga carne.

Que el discurso se convierta en conducta.

Que la promesa encuentre hechos.

Que la elocuencia encuentre carácter.

Que la retórica encuentre verdad.

Porque entonces la oratoria dejará de ser simplemente el arte de pronunciar un buen discurso y se convertirá en una verdadera herramienta de liderazgo.

Comencé recordando que “en el principio era el Verbo”.

Y quiero terminar regresando precisamente a la palabra.

La palabra puede construir o destruir.

Puede unir o dividir.

Puede levantar a un pueblo o conducirlo al desencanto.

Puede ser lo mejor…

y también puede convertirse en lo peor.

Todo dependerá de quién la pronuncie, de cómo la utilice y, especialmente, de lo que haga después de haberla pronunciado.

A ustedes, que han dedicado estos minutos a escucharme, les digo:

Nos volveremos a ver en el camino.

Y no olvidemos jamás que “no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Hasta la próxima.

Que Dios nos continúe bendiciendo.

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