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Por Dario Nin
Hay instituciones cuya responsabilidad va más allá de cumplir con las funciones que tienen asignadas. Están llamadas a convertirse en referentes. El Instituto Nacional de Administración Pública, el INAP, es una de ellas.
Su razón de ser está vinculada directamente con la formación y el desarrollo de las competencias de quienes tienen la responsabilidad de servir desde el Estado. Y sus valores ponen sobre la mesa palabras que no deberían quedarse en documentos: ética e integridad, excelencia en el servicio, colaboración, innovación, compromiso, responsabilidad.
Pero justamente por eso surge la pregunta que vale la pena plantearse, sin cuestionar, pero sí, reflexionando. ¿Quién forma a quienes sirven al Estado también debe ser ejemplo de aquello que enseña? Creo que la respuesta es inevitable.
En educación, probablemente una de las formas más poderosas de enseñar no sea decirle a otro qué debe hacer, sino mostrarle, con nuestra propia conducta, cómo se hace. El INAP tiene entonces una responsabilidad particular. No solamente transmite conocimientos, también tiene la posibilidad de demostrar, en su propia casa, cómo se vive una administración pública basada en valores.
Porque la ética no se enseña únicamente hablando de ética. La integridad no se transmite solamente definiéndola. La excelencia no se alcanza porque aparezca escrita en un documento institucional. Los valores adquieren verdadera dimensión cuando se convierten en decisiones, relaciones, procedimientos y comportamientos cotidianos.
Y aquí aparece uno de los mayores desafíos de cualquier institución formadora. Ser coherente con aquello que enseña. Por eso, el INAP se ha planteado la aspiración de que su personal sea paradigma de cómo será el Estado dominicano del porvenir.
¡Qué enorme responsabilidad! Ser paradigma significa que otros puedan mirar hacia nosotros y encontrar una referencia. Significa comprender que cada trato, cada respuesta, cada trámite… Cada relación con un compañero o con un ciudadano, también educa. El Estado que queremos mañana comienza con el servidor público que somos hoy.
En este contexto, la dirección actual del INAP representa también una oportunidad. Su director, Gregorio Montero, académico de larga trayectoria en estos temas, ha reflexionado sobre ética, profesionalización y responsabilidad. Señalamos esto, no para adular, sino para señalar una circunstancia que puede favorecer el propósito institucional. Y esa oportunidad no corresponde únicamente al director. Corresponde a cada persona que trabaja en el INAP. Porque una institución no es solamente su nombre, su estructura o sus reglamentos. También es la suma de las conductas de quienes la integran.
Por eso, quizá la pregunta más importante para cada colaborador no es solamente ¿qué tengo que hacer?, sino, ¿cuál es mi papel aquí? ¿Cuál es mi papel si trabajo en la institución que prepara a quienes servirán al Estado? ¿Cuál es mi papel si mi conducta puede convertirse, consciente o inconscientemente, en una lección para otros?
Estas preguntas nos llevan de la teoría a la conciencia, de la conciencia al compromiso y del compromiso a la acción. Sentir, pensar, actuar. Sentir el orgullo y responsabilidad de pertenecer. Pensar críticamente qué impacto tiene nuestra conducta. Y actuar coherentemente con lo que decimos defender. Porque el verdadero éxito de una institución formadora no se mide únicamente por cuántas personas entran a un curso, sino por cuántas salen con una convicción más firme de servir con ética y competencia.
Si el INAP logra vivir sus propios valores, ética, integridad, excelencia, colaboración, innovación, compromiso y responsabilidad, entonces forma, pero también se forma a sí mismo. Y eso siempre empieza… preguntándose ¿Cuál es mi papel aquí?
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo!!!
DANSFD18092026
