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Por Darío Nin
Un reciente informe de la Organización Internacional para las Migraciones vuelve a colocar frente a nuestros ojos una realidad que República Dominicana no puede observar con indiferencia: casi 1.5 millones de personas se encuentran desplazadas internamente en Haití como consecuencia de la violencia, la inseguridad y el progresivo deterioro de sus condiciones de vida.

Estamos, por tanto, ante una crisis que ha dejado de estar concentrada fundamentalmente en Puerto Príncipe.
La violencia y sus consecuencias se han extendido hacia otras regiones del territorio haitiano. Artibonito constituye un ejemplo preocupante. Comunidades que antes recibían personas que escapaban de otros lugares comienzan también a sufrir desplazamientos provocados por hechos violentos.
¿Qué significa esto para República Dominicana?
Lo primero es evitar una conclusión equivocada. Un desplazado interno no es necesariamente un migrante internacional. Que cerca de 1.5 millones de haitianos hayan tenido que abandonar sus hogares no significa que esa misma cantidad de personas pretenda cruzar hacia territorio dominicano.
Pero sería igualmente irresponsable ignorar lo que puede ocurrir cuando una persona desplazada agota dentro de su propio país sus posibilidades de encontrar seguridad, alimentación, vivienda, empleo y protección para su familia.
Cuando ya no existe otro lugar seguro hacia donde desplazarse internamente, la frontera puede comenzar a convertirse en alternativa.
Y nosotros compartimos una. Por eso, los casi 1.5 millones de desplazados están hoy en Haití, pero las consecuencias de ese desplazamiento no necesariamente se quedarán dentro de Haití.
República Dominicana debe prepararse. Prepararse, no significa asumir como nuestra una crisis que no hemos provocado. Tampoco significa renunciar al derecho soberano del Estado dominicano de controlar su territorio, establecer su política migratoria y hacer cumplir sus leyes.
Prepararse significa anticiparnos. La primera respuesta debería ser establecer o fortalecer un sistema permanente de alerta temprana sobre la crisis haitiana, capaz de monitorear no solamente cuántas personas están siendo desplazadas, sino dónde se encuentran, hacia dónde se están moviendo y qué está ocurriendo particularmente en los departamentos próximos a nuestra frontera.
Necesitamos saber antes, no después. Dajabón, Elías Piña, Jimaní y Pedernales no pueden esperar a que una eventual emergencia ocurra para preguntarse qué hacer.
El Estado dominicano debería disponer de diferentes escenarios de contingencia. ¿Qué ocurriría si cientos o miles de personas se movilizaran repentinamente hacia alguno de nuestros puntos fronterizos? ¿Quién asumiría cada responsabilidad? ¿Cuál sería el papel de Migración, Defensa, CESFRONT, Salud Pública, Cancillería, organismos de inteligencia y autoridades locales?
Esas respuestas deben estar escritas antes de necesitarlas. También debemos comprender que una frontera segura es mucho más que una verja. La infraestructura física puede constituir una herramienta importante de control territorial, pero debe acompañarse de tecnología, inteligencia, vigilancia de pasos formales e informales y persecución efectiva de las estructuras dedicadas al tráfico ilícito de migrantes, trata de personas, contrabando de mercancías, armas y otras actividades criminales.
Y hay algo que con frecuencia olvidamos: detrás del tráfico ilegal siempre existe alguien que obtiene beneficios. Por eso, la persecución no puede limitarse a quien cruza irregularmente. Debe alcanzar también a quienes organizan, transportan, protegen y lucran con esos movimientos a ambos lados de la frontera.
La crisis puede igualmente producir efectos sobre nuestros servicios públicos.Hospitales, escuelas, seguridad, agua potable, vivienda y servicios municipales, especialmente en las provincias fronterizas, necesitan capacidad de respuesta ante posibles incrementos extraordinarios de demanda.
Eso requiere planificación y presupuesto. No debemos esperar que un hospital fronterizo se encuentre desbordado para entonces comenzar a discutir de dónde saldrán los recursos. Igualmente, importante resulta proteger el comercio entre ambos países.
Haití constituye un mercado significativo para productos dominicanos. La inestabilidad prolongada puede afectar rutas comerciales, mercados binacionales, transportistas, productores y comerciantes dominicanos.
Por eso seguridad y comercio no deben ser conceptos enfrentados. Necesitamos una frontera donde el comercio formal pueda desarrollarse con trazabilidad y controles suficientes, mientras se reduce progresivamente el espacio disponible para el contrabando y las economías ilícitas.
Existe además una dimensión que República Dominicana debe continuar planteando con mayor firmeza ante la comunidad internacional. La crisis haitiana es un problema que requiere responsabilidad internacional.
La proximidad geográfica no puede convertir automáticamente a República Dominicana en responsable de absorber las consecuencias humanas, económicas, migratorias y sociales del deterioro institucional haitiano.La comunidad internacional debe aumentar sus esfuerzos dentro de Haití.
Seguridad, alimentación, refugios, atención sanitaria, generación de empleos, fortalecimiento institucional y recuperación de comunidades deben convertirse en prioridades reales y sostenidas.Porque existe una diferencia enorme entre ayudar a una persona a permanecer dignamente en su país y esperar a que la desesperación la obligue a abandonarlo.
República Dominicana debe defender esa posición en todos los escenarios internacionales posibles. Pero debemos hacerlo sin perder algo esencial: nuestra humanidad.Defender nuestras fronteras no requiere odiar al que está del otro lado.
Exigir el cumplimiento de nuestras leyes migratorias no significa desconocer que entre esos casi 1.5 millones de desplazados existen niños, madres, ancianos y familias que abandonaron sus casas porque tuvieron miedo de morir.
Podemos defender simultáneamente nuestra soberanía, seguridad, legalidad y dignidad humana. No son conceptos incompatibles.
Nuestro desafío consiste precisamente en evitar los extremos: ni ignorar las consecuencias que la crisis haitiana puede representar para República Dominicana, ni convertir a cada haitiano en una amenaza.
La prudencia exige otra cosa: Exige información, panificación, prevención, control, diplomacia, cooperación internacional y indiscutiblemente humanidad.
Los acontecimientos recientes deberían servirnos de advertencia. Haití está desplazándose dentro de Haití.
La pregunta que República Dominicana debe comenzar a formularse desde ahora es qué ocurrirá si algún día una parte significativa de esas personas descubre que ya no tiene otro lugar dentro de su propio territorio hacia donde desplazarse.
Ese día no será momento para comenzar a preparar una respuesta.
La respuesta debemos comenzar a prepararla hoy.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.
SFDSR DN26092026
